Baltasar de Alcázar

EN JAÉN DONDE RESIDO

En Jaén, donde resido,
vive don Lope de Sosa,
y diréte, Inés, la cosa
más brava d'él que has oído.

Tenía este caballero
un criado portugués...
Pero cenemos, Inés,
si te parece, primero.

La mesa tenemos puesta;
lo que se ha de cenar, junto;
las tazas y el vino, a punto;
falta comenzar la fiesta.

Rebana pan. Bueno está.
La ensaladilla es del cielo;
y el salpicón, con su ajuelo,
¿no miras qué tufo da?

Comienza el vinillo nuevo
y échale la bendición:
yo tengo por devoción
de santiguar lo que bebo.

Franco fue, Inés, ese toque;
pero arrójame la bota;
vale un florín cada gota
d'este vinillo aloque.

¿De qué taberna se trajo?
Mas ya: de la del cantillo;
diez y seis vale el cuartillo;
no tiene vino más bajo.

Por Nuestro Señor, que es mina
la taberna de Alcocer:
grande consuelo es tener
la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna,
vive Dios que no lo sé,
pero delicada fue
la invención de la taberna.

Porque allí llego sediento,
pido vino de lo nuevo,
mídenlo, dánmelo, bebo,
págolo y voyme contento.

Esto, Inés, ello se alaba;
no es menester alaballo;
sola una falta le hallo:
que con la priesa se acaba.

La ensalada y salpicón
hizo fin; ¿qué viene ahora?
La morcilla. ¡Oh, gran señora,
digna de veneración!

¡Qué oronda viene y qué bella!
¡Qué través y enjundias tiene!
Paréceme, Inés, que viene
para que demos en ella.

Pues, ¡sus!, encójase y entre,
que es algo estrecho el camino.
No eches agua, Inés, al vino,
no se escandalice el vientre.

 

 

 

 

Echa de lo trasaniejo,
porque con más gusto comas;
Dios te salve, que así tomas,
como sabia, mi consejo.

Mas di: ¿no adoras y precias
la morcilla ilustre y rica?
¡Cómo la traidora pica!
Tal debe tener especias.

¡Qué llena está de piñones!
Morcilla de cortesanos,
y asada por esas manos
hechas a cebar lechones.

¡Vive Dios, que se podía
poner al lado del Rey
puerco, Inés, a toda ley,
que hinche tripa vacía!

El corazón me revienta
de placer. No sé de ti
cómo te va. Yo, por mí,
sospecho que estás contenta.

Alegre estoy, vive Dios.
Mas oye un punto sutil:
¿No pusiste allí un candil?
¿Cómo remanecen dos?

Pero son preguntas viles;
ya sé lo que puede ser:
con este negro beber
se acrecientan los candiles.

Probemos lo del pichel.
¡Alto licor celestial!
No es el aloquillo tal,
ni tiene que ver con él.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!
¡Qué rancio gusto y olor!
¡Qué paladar! ¡Qué color,
todo con tanta fineza!

Mas el queso sale a plaza,
la moradilla va entrando,
y ambos vienen preguntando
por el pichel y la taza.

Prueba el queso, que es extremo:
el de Pinto no le iguala;
pues la aceituna no es mala;
bien puede bogar su remo.

Pues haz, Inés, lo que sueles:
daca de la bota llena
seis tragos. Hecha es la cena;
levántense los manteles.

Ya que, Inés, hemos cenado
tan bien y con tanto gusto,
parece que será justo
volver al cuento pasado.

Pues sabrás, Inés hermana,
que el portugués cayó enfermo...
Las once dan; yo me duermo;
quédese para mañana.

 

TEATRO CONTRA LA GUERRA

José Luis Alonso de Santos
DE MAYOR SERÉ BOMBA

Una madre abrazada a sus dos hijos, de unos diez años. Se oyen, y ven, las explosiones de un bombardeo.

NIÑO
¿Por qué nos tiran bombas, madre?

MADRE
No lo sé, hijo. Dicen que es por nuestro bien…

Pausa

NIÑA
¿Nos van a matar, madre?

MADRE
Si nos cae una bomba, sí, hija.

Pausa

NIÑO
¿Qué les hemos hecho, madre, para que quieran matarnos?

MADRE
Nada. No le hemos hecho nada, hijos. Ni siquiera nos conocen.

NIÑA
¿Entonces por qué quieren matarnos?

MADRE
No lo se, hija.

NIÑO
¿Y nos va a doler, madre?

MADRE
Estaremos juntos los tres, muy juntos, abrazados, y no nos dolerá.

NIÑO
Tengo miedo, madre.

NIÑA
Yo también tengo mucho miedo.

MADRE
Todos tenemos miedo

Pausa

NIÑA
No lo entiendo, madre, no lo entiendo.

MADRE
Yo tampoco, hija.

Pausa

NIÑO
Madre, si no me matan, cuando sea mayor ya sé lo que quiero ser. Quiero ser bomba, madre, para ir a matarlos a ellos y a sus hijos. Quiero ser bomba, madre, quiero ser bomba.


 

Paul Auster
La noche del Oráculo

Al principio de nuestra amistad, Trause me contó una historia sobre un escritor francés que había conocido en París en los primeros años cincuenta. No recuerdo su nombre, pero John me dijo que había publicado dos novelas y una colección de relatos, y se le consideraba uno de los mejores representantes de la nueva generación.
También escribía algo de poesía, y poco antes de que Jonh volviera a Estados Unidos, en 1958 (tras vivir seis años en París), aquel escritor conocido suyo publicó un poema narrativo que giraba en torno a un niño ahogado. Dos meses después de publicado el libro, el escritor y su familia fueron de vacaciones a la costa de Normandía, y en el último día de viaje, su hija de cinco años se metió en las picadas aguas del canal de la Mancha y se ahogó. El escritor era un hombre sensato, afirmó John, una persona conocida por su lucidez y agudeza mental, pero echó al poema la culpa de la muerte de su hija. Sumido en su gran dolor, se convenció a si mismo de que las palabras que había escrito sobre un ahogamiento imaginario habían causado una muerte verdadera, de que su ficción trágica había provocado una tragedia real. En consecuencia, aquel escritor de enormes dotes, aquel hombre que había nacido para escribir libros, juró no volver a escribir jamás. Las palabras tenían la virtud de alterar la realidad y, por lo tanto, eran demasiado peligrosas para que pudieran confiarse a un hombre que las amaba por encima de todas las cosas. Cuando John me contó esa historia, la hija llevaba muerta veintiún años, pero el escritor seguía sin quebrantar su promesa. En los círculos literarios franceses, aquel silencio lo había convertido en una figura legendaria. Se le tenía en la más alta consideración por la dignidad de su sufrimiento, era complacido por todos lo que lo conocían, mirado con el mayor de los respetos.
John y yo hablamos largo y tendido sobre esa historia, y recuerdo que me mantuve firme al calificar la decisión del escritor como un error, como una interpretación del mundo mal concebida. Entre lo imaginado y lo real, afirmaba yo, no existía relación alguna, no había causa y efecto entre las palabras de un poema y los acontecimientos de nuestra vida. Así podría parecerle al escritor, pero lo que le ocurrió no fue más que una horrible coincidencia, una manifestación de la mala suerte en su forma más cruel y perversa. Eso no significaba que le reprochara los sentimientos que manifestaba, pero, a pesar de compadecerlo por su terrible pérdida, veía su silencio como el rechazo a aceptar el poder de las fuerzas imprevisibles, puramente accidentales, que moldean nuestro destino, y le dije a Trauser que en mi opinión aquel escritor se estaba castigando sin razón alguna.
Se trataba de un argumento insulso, lleno de sentido común, una defensa del pragmatismo y la ciencia contra el pensamiento mágico, primitivo. Para mi sorpresa, John era de la opinión contraria. Yo no estaba seguro de si me estaba tomando el pelo o intentaba hacer de abogado del diablo, pero afirmó que, para él, la decisión del escritor tenía mucho sentido y que admiraba a su amigo por haber mantenido su palabra.
- Los pensamientos son reales-sentenció-. Las palabras son reales. Todo lo humano es real, y a veces conocemos las cosas antes de que ocurran, aun cuado no seamos conscientes de ello. Vivimos en el presente, pero el futuro está siempre en nosotros. Puede que el escribir se reduzca a eso, Sid. No a consignar los hechos del pasado, sino a hacer que ocurran cosas en el futuro.

 

 

Miguel de Cervantes Saavedra
Al túmulo del Rey Felipe II en Sevilla

Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.

Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.

Esto oyó un valentón, y dijo: "Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente."

Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.


 

 

Dashiel Hammlett
EL HALCÓN MALTÉS

Un hombre llamado Flitcraft salió un día de su oficina de corredor de fincas para ir a comer. Salió y jamás volvió. No acudió a una cita que tenía a las cuatro de la tarde para jugar al golf, a pesar de que fue idea suya concertarla y de que lo hizo solamente media hora antes de salir para comer. Su mujer y sus hijos nunca más le volvieron a ver. El matrimonio parecía feliz. Tenía dos hijos, dos niños varones, uno de cinco años y otro de tres. Flitcraft era dueño de una casa en un buen barrio de las afueras de Tacoma, de un Packard nuevo y de los demás lujos que denotan el éxito feliz de una vida en los Estados Unidos.


Flitcraft había heredado 70.000 dólares de su padre, y el ejercicio de su profesión de corredor de finas aumentó aún más su peculio, que ascendía a unos 200.000 dólares en el momento de su desaparición. Sus asuntos estaban en buen orden, aunque existían entre ellos algunos aún pendientes; el hecho de que no hubiera tratado de concluirlos era una clara prueba de que no había preparado su desaparición. Por ejemplo, un negocio que le hubiera supuesto un bonito beneficio iba a concluirse al día siguiente al de su desaparición. Nada indicaba que llevara encima más de cincuenta o sesenta dólares en el momento de esfumarse. Sus costumbres, durante los últimos meses, eran lo suficientemente conocidas como para descartar cualquier sospecha de vicios ocultos o de la existencia de otra mujer en su vida, aunque tanto lo uno como lo otro cabía dentro de lo posible.


-Desapareció- dijo Spade- como desaparece un puño cuando se abre la mano.
Bueno eso ocurrió en 1.922. En 1.927 yo estaba trabajando en una de las grandes agencias de detectives de Seattle. Un día se nos presentó Mrs. Flitcraft y nos dijo que alguien había visto en Spokane aun hombre que se parecía prodigiosamente a su marido. Fui allí. Y, efectivamente, era Flitcraft. Llevaba viviendo en Spokane un par de años bajo el nombre de Charles, nombre de pila, Pierce. Era propietario de un negocio de automóviles y tenía unos ingresos de veinte o veinticinco mil dólares al año, una esposa, un hijo de menos de un año y una buena casa en las afueras de Spokane. Solía jugar al golf a las cuatro de la tarde durante la temporada.


Spade no había recibido instrucciones acerca de lo que debía hacer si encontraba a Flitcraft. Estuvo charlando con él en la habitación del hotel Davenport. Flitcraft no sentía remordimientos de ninguna clase. Había dejado a su familia en posición desahogada y su conducta le parecía completamente razonable. Lo único que parecía preocuparle era hacer comprender a Spade que, efectivamente, se había conducido razonablemente. Nunca había contado a nadie todo aquello, y por tanto hasta ahora no había necesitado explicar a ningún interlocutor que su conducta había sido sensata. Y en ese momento estaba procurando hacerlo.


-Bueno, yo lo comprendí-dijo Spade a Brigid-, pero su mujer no. Todo aquello le pareció estúpido. Puede que lo fuera. En cualquier caso, la cosa acabó bien. La mujer no quería escándalos; y después de la faena que él le había hecho-faena según ella-, no quería saber nada de Flitcraft. Así que se divorciaron discretamente y todo el mundo tan contento. Lo que le ocurrió a Flitcraft fue lo siguiente. Cuando salió de comer pasó por una casa aún en obras. Todavía estaban poniendo los andamios. Uno de los andamios cayó a la calle desde una altura de ocho a diez pisos y se estrelló en la acera. Le cayó bastante cerca; no llegó a tocarle, pero sí arrancó de la acera un pedazo de cemento que fue a darle en la mejilla. Aunque solo le produjo una raspadura, todavía se le notaba la cicatriz cuando le vi. Al hablarme de ella se la acarició, se la acarició con cariño. Naturalmente, el susto que se llevó fue grande, me dijo; pero la verdad es que sintió más sorpresa que miedo. Me contó que fue como si alguien hubiera levantado la tapa de la vida para mostrarle su mecanismo.


Flitcraft había sido un buen ciudadano, buen marido y un buen padre, no porque estuviera animado por un concepto del deber sino sencillamente porque era el hombre que se desenvolvía más a gusto estando de acuerdo con el ambiente. Le había educado así. La vida que conocía era algo limpio, bien ordenado, sensato y de responsabilidad. Y ahora, una viga al caer le había demostrado que la vida no es nada de eso. Él, el buen ciudadano, esposo y padre, podía ser quitado de en medio entre su oficina y el restaurante por una viga caída de lo alto. Comprendió que los hombres mueren así, por azar, y que viven sólo mientras el ciego azar los respeta.


Lo que le conturbó no fue, primordialmente, la injusticia del hecho, pues lo aceptó una vez que se repuso del susto. Lo que le conturbó fue descubrir que al ordenar sensatamente su existencia se había apartado de la vida en lugar de ajustarse a ella. Me dijo que, tras caminar apenas veinte pasos desde el lugar en donde había caído la viga, comprendió que no disfrutaría nunca más de paz hasta que no se hubiese acostumbrado y ajustado a esa nueva visión de la vida. Para cuando acabó de comer ya había dado con el procedimiento de ajuste. Si una viga al caer accidentalmente podía acabar con su vida, entonces él cambiaría su vida, entregándola al azar, por el sencillo procedimiento de irse a otro lado. Me dijo que quería a su familia como los demás hombres quieren corrientemente a las suyas; pero le constaba que la dejaba en buena posición, y el amor que tenía por los suyos no era de la índole que hace dolorosa la ausencia.


-Se fue a Seattle-continuó Spade- aquella misma tarde, y desde allí a San Francisco. Anduvo vagando por aquella región durante un par de años, hasta que un día regresó al Noroeste, se estableció y se casó en Spokane. Su segunda mujer no se parecía a la primera físicamente, pero las diferencias entre ellas eran menores que sus semejanzas. Ya sabe usted, mueres las dos, de esas que juegan decentemente al bridge y al golf y que son aficionadas a las nuevas recetas para preparar ensaladas. No lamentaba lo que había hecho. Le parecía razonable. No creo que nunca llegara a darse cuenta de que llevaba la misma clase de vida rutinaria de la que había huido al escapar de Tacoma. Y sin embargo, eso es lo que me gustó de la historia. Se acostumbró primero a la caída de vigas desde lo alto; y no cayeron más vigas; y entonces se acostumbró, se ajustó, a que no cayeran.

 

 

Rudyard Kipling
EL HOMBRE QUE QUISO SER REY

En la oficina ardían dos lámparas de petróleo y, al estar yo inclinado hacia delante, el sudor me resbalaba por la cara y caía sobre el papel secante. Carnehan estaba temblando, y temí que la mente se le quedase en blanco. Me sequé la cara, di un apretón a aquellas manos tan lastimosamente mutiladas, y dije: “¿Qué pasó después?”
El hecho de apartar los ojos de él había roto el fluir de los recuerdos.
“¿Cómo dice usted?” gimoteó Carnehan. “Los tomaron sin hacer el menor ruido. Ni un solo murmullo se oyó por la nieve y eso que el Rey derribó de un puñetazo al primero que le puso las manos encima, y que el viejo peachey les disparó hasta el último cartucho que llevaba. Aquellos cochinos no hicieron el menor ruido. Se limitaron a apretar filas y rodearnos y puedo decirle que las pieles que llevaban puestas apestaban. Había un hombre llamado Billy Fish, un buen amigo de todos nosotros; pues lo degollaron allí mismo, señor, como a un cerdo.
Y el Rey le da una patada a la maldita nieve y dice: “Hasta aquí el espectáculo no deja nada que desear. ¿Qué viene ahora?”. Pero Peachey, Peachey Taliaferro, y se lo digo, señor, en confianza como entre amigos, pues ése perdió el juicio, si señor. No, no lo perdió. El Rey perdió el juicio, si, lo perdió a lo largo de uno de esos puentes de cuerda tan ingeniosos. Se inclinaba de esta manera. Lo hicieron andar más de un kilómetro por la nieve hasta llegar a un puede de cuerda que pendía sobre un barranco con un río al fondo. Quizá haya visto alguno. Lo pinchaban por detrás como a un buey. “¡Así os caigan las pestañas!”, dice el Rey. “¿Os pensáis que no sé morir como un señor?”. Se volvió a Peachey que estaba llorando como un niño. “Yo te he metido en esto, Peachey”, dijo. “Yo te saqué de tu existencia tranquila y feliz para que te matasen en Kafiristán, donde fuiste el difundo Comandante en Jefe de las fuerzas del Emperador. Di que me perdonas, Peachey.” “Te perdono” dice Peachey. “Te perdono de todo corazón, Dan”. “Dame la mano, Peachey”, dice. “Me voy”. Y enfila el puente sin mirar ni a derecha ni a izquierda, y cuando estaba justo en el medio de aquellas cuerdas de vértigo, que bailaban y se meneaban sin parar, grita: “¡Cortad ya, desgraciados!”, y cortan las cuerdas, y el viejo dan cayó, dando vueltas y vueltas y más vueltas, veinte mil kilómetros, porque tardó media hora en llegar al agua, y pude ver su cuerpo enganchado en una roca y la corona de oro allí, a su lado.
“¿Pero sabe usted lo que le hicieron a Peachey entre dos abetos? Lo crucificaron, señor, como puede verse por las manos de Peachey. Le taladraron las manos y pies con estacas; y no se murió. Se estuvo allí colgado, chillando, y al día siguiente lo bajaron y dijeron que era un milagro que no hubiese muerto. Lo bajaron…, al pobre Peachey, que no les había hecho ningún daño…”
Se meció en un movimiento de vaivén lloró amargamente, secándose los ojos con el dorso de sus magulladas manos y gimiendo como un niño durante unos diez minutos.
“Fueron tan crueles que le dieron de comer allá en el templo, porque dijeron que era más Dios que Daniel, que éste era sólo un hombre. Luego le sacaron a la nieve y le dijeron que se fuese a su casa y Peachey tardó en volver cosa de un año. Mendigaba por los caminos, sin correr ningún peligro, porque Daniel Dravot iba delante y le decía: “Vamos Peachey, que la nuestra es un gran empresa”. Las montañas bailaban por las noches y querían precipitarse sobre la cabeza de Peachey, pero Dan levantaba la mano y Peachey seguía adelante más encorvado. Nunca soltó la mano de Dan, y tampoco soltó nunca la cabeza de Dan. Se la dieron como regalo en el templo, para que se acordase de no volver nunca por allí, y aunque la corona era de oro puro y Peachey pasaba mucha hambre, no la quiso vender nunca. ¡Señor, usted conoció Dravot! ¡Usted conoció al Excelentísimo Hermano Dravot! ¡Mírelo ahora!”.
Revolvió en el amasijo de harapos que llevaba alrededor de su encorvada cintura; sacó una bolsa negra de cerda de caballo bordada con hilo de plata; y al sacudirla encima de la mesa, de ella cayó…¡la amojamada cabeza de Daniel Dravot!. La luz de la mañana, que desde hacía un rato había hecho palidecer la de las lámparas, dio de lleno en la barba roja y en los ojos ciegos y hundidos; y también iluminó un pesado adorno circular de oro incrustado con turquesas sin tallar, que Carnehan colocó tiernamente sobre las maltrechas sienes.

 

Javier krahe
VECINDARIO

Mi esposa padece furor uterino,
no damos abasto ni yo ni el vecino.
Y a mí me da pena del pobre Avelino.

Cada dos por tres me invento algún viaje
para reponerme de su amor salvaje
y ella, en cuanto salgo, le ordena que baje.

Ya se rasga su camisón.

Desde el descansillo lo llama: ¡Avelino!
y el hombre respinga, se pone mohino,
le entra como angustia, maldice su sino.

Lo ves vacilante bajar la escalera
sabiendo de sobra qué es lo que le espera
en cuanto se encierre con tamaña fiera,

desprovista de compasión,


cuyo arte de amar es tan sólo el barroco,
las líneas sencillas le dicen bien poco,
quiere garabatos de volverse loco,

y eso al tercer polvo lo deja hecho cisco,
es un ser humano, no es un obelisco,
y preferiría escuchar un disco

o mirar la televisión.

Leer poesía, comer huevos fritos,
ver desde el balcón pasar lo aerolitos,
pero ella lo cuadra con un par de gritos:

¡Tráete esa panoplia y vuelve a la cama,
aún no has apagado la menor llama!
Y él ve la panoplia y es un panorama.

Y hace de tripas corazón.

Allá va el buen hombre a su hercúleo trabajo,
mientras le hace cosas reza por lo bajo
para que, mañana, yo regrese al tajo.

Y, por esa noche la cuestión resuelta,
en la pensión Paqui, que está allí, a la vuelta,
mientras tanto yo duermo a pierna suelta,

sin caerme de mi colchón.

Yo, que era la imagen del romanticismo,
hoy, os lo confieso, me puede el cinismo,
y al pobre Avelino le pasa lo mismo.

Cuando me lo cruzo me dice: Vicente,
yo sólo te quiero de cuerpo presente.
No sé si está haciendo un chiste inocente,

o es que se pasa de guasón.

Y a mí qué me cuenta, que no viva arriba,
pero ya que vive, pues que se desviva
y haga lo posible por esa excesiva
que, al no darle abasto, nunca se nos sacia,
y a su mismo sexo no siendo reacia,
también me da pena de la pobre Engracia.

Pero eso es otra canción.

 

 

 

Jose Antonio Marina
ANATOMÍA DEL MIEDO

Para entender bien la relación de los deberes con la libertad, conviene distinguir tres tipos deberes. Hay unos deberes de coacción que se sirven fundamentalmente de la amenaza. Hay otros deberes de compromiso que tienen que ver con la fidelidad. Debo cumplir aquello a lo que libremente me he comprometido, El tercer tipo de deberes es el que nos interesa en esta ocasión. Son aquellas condiciones o requisitos que he de cumplir para realizar un proyecto. Es el proyecto el que determina las obligaciones y les confiere legitimidad. Si no acepto el proyecto, no tengo deberes. El médico puede decirnos. Usted debe dejar de fumar si quiere curarse. El “deber” de ese “debe dejar” deriva de que yo quiera curarme, de que ése sea mi proyecto. De lo contrario, no lo tengo. Los deberes que afectan a la valentía tienen que ver con el proyecto de vivir con dignidad, es decir, libre y justamente.
………………
Tanto el respeto como la justicia nos imponen deberes, y aquí tropezamos con algo que hemos olvidado. La obligación de comportarnos justa, respetuosa, valientemente no afecta sólo a nuestro trato con los demás, sino también al trato con nosotros mismos. Si no debemos atentar contra la dignidad de otra persona, tampoco debemos atentar contra la nuestra. Si la dignidad implica libertad, no podemos abdicar de nuestra libertad, por ejemplo mediante adicciones a la cobardía; si la dignidad implica conocimiento, no podemos permanecer en la ignorancia; si la dignidad implica rechazar la tiranía, no podemos claudicar ante nuestros tiranos interiores.

 

 

 

Luis Mateo Diez
EL CIPRÉS

Le dijeron a Morindo que la única posibilidad de hablar con su padre, que llevaba muerto tres meses, era ir al cementerio un día de luna llena.
Hay dos cosas que ayudan a entender que Morindo aceptase aquel consejo o se prestara a un asunto tan absurdo. La primera, esa simplicidad con que algunas personas preservan la inocencia, de modo que a base de ser más crédulos de lo debido evitan malearse. La segunda la imperiosa necesidad que tenía Morindo de hablar con su padre, porque el buen hombre se había muerto de repente y como era muy desordenado todo lo había dejado patas arriba y no había manera de encontrar ni las cosas más necesarias.
Con la luna llena y el licor que a tu padre más le gustase, y unas pastas o algún otro dulce que fuera de su capricho, le dijeron. Te sientas en la tumba, descorchas la botella, pones al lado la bandeja con las golosinas, y esperas lo que haga falta. La noche de luna llena está más claro y apacible el cementerio.
Lo estaba. Tanto que cuando Morindo hizo lo que le habían dicho y se sentó al pie de la tumba, casi agradeció la espesura del ciprés cercano. La serenidad ayudó a que se durmiera, tras cabecear un rato.
¿A qué vienes, Morindo?..., inquirió una voz que tardó en sacarlo del sueño.
A traerle estas galletas y este licor que a usted tanto le gustaba.
No es mala idea. Vete detrás del ciprés y ni se te ocurra mirarme. Los difuntos no tenemos buen aspecto y un hijo es mejor que recuerde a su padre como era de vivo.
Obedeció Morindo y se ocultó tras el árbol.
También quería preguntarte una cosa, dijo al cabo de un rato.
Pues piénsatela bien que los difuntos sólo una podemos contestar, y la ocasión la pinta calva.
¿Dónde dejó usted el candil?...
Cabeza de chorlito, badulaque, increpó la voz. Ya me amargaste el licor. ¿A eso vienes al cementerio, para eso me requieres?... Una sola pregunta que a un difunto puedes hacer, ¿y eso es lo que se te ocurre?...
¿Y qué se me iba a ocurrir?... inquirió Morindo abochornado.
¿Es que no te apetece saber algo del más allá, qué se cuece por aquí, si hay o no hay vida eterna?...
No se me ocurrió, pero si todavía estuviera a tiempo y usted se aviniese a decírmelo…
Ni hay candil, ni vida eterna, ni Cristo que lo fundó. Las pastas están duras y el licor, ya te digo, me lo amargaste. Te sale un hijo tonto y ése es el mayor castigo para un padre hasta en el otro mundo. Trepa al ciprés y que no vuelva a verte.
Trepó Morindo y subió como pudo hasta la rama más alta. Allí arriba la noche era todavía más clara y serena.
Ahora me doy cuenta de lo poco que soy, se dijo atribulado. Mi padre tiene toda la razón: nadie requiere a un muerto por una bagatela, menuda ocasión perdida para saber algo del más allá.
Se durmió y estuvo soñando con un jilguero que volaba cantando entre las tumbas y que vino a despertarlo en el momento en que sentía el vértigo de la caída.
Vuela conmigo, Morindo, le dijo el jilguero. Se vive mejor de pájaro que de humano, sobre todo cuando se es bobo.
Me parece que no valgo ni para una ni para otra cosa, confesó Morindo con tristeza. No hay candil, no hay eternidad. Limpio las migas de mi padre en la tumba y vuelvo a casa, a no ser que tenga la mala suerte de romperme la crisma
.

 

 

 

Fernando Pessoa
90 poemas últimos

No quiero rosas, mientras haya rosas.
Las quiero sólo cuando no las pueda haber.
¿Qué haré yo con las cosas
que puede cualquier mano coger?
Solo quiero la noche si la aurora
la diluye en azul y rosicler.
Lo que mi alma ignora
es lo que quiero poseer.
¿Para qué?... De saberlo, nunca haría
versos para decir que no lo sé.
Siento a mi alma pobre y fría...
¿Con qué limosna la calentaré?...

* * *

Si hay arte o ciencia que la suerte lea,
la que hace de nosotros el Destino,
que, sin saberlo yo, mi vida sea
ignota y haga a solas mi camino.
¿Qué quiero de un futuro que no tengo?
¿Qué me pesa o alegra el qué seré?
Sé y recuerdo de qué pasado vengo,
y dónde estoy inciertamente sé.
Lo demás, que el futuro me dará.
dejo a quien dé y a cómo lo ha de hacer.
Basta, a la sombra que este árbol me da,
la sensación de nada más querer.

* * *

Lo que conozco divido.
De un lado está lo que soy
y del otro cuanto ovido.
Por entre los dos yo voy.
Yo no soy quien me recuerdo
ni soy ese que hay en mí.
Cuando pienso, me desmiembro.
Si creo, no tiene fin.
Que mejor que todo esto
es oir en el ramaje
ese aire seguro y mudo
que hace temblar el follaje.

* * *

Flotan harapos de sombra
en torno al que no sé ser.
Es un cielo que se escombra
sin dejármelo entrever.
El misterio de la altura
se arruina en ritmos sin forma
en la alterada negrura
que al aire tiniebla torna.
Mas en todo esto, que hacía
ser al mundo un ser deshecho,
guardé la esperanza mía,
que doliéndome traía
apretada contra el pecho.

* * *

Todas las cosas que hay en el mundo
tienen su historia,
salvo estas ranas en lo profundo
de mi memoria.
Cualquier lugar del mundo tiene
un donde estar,
salvo este charco del que me viene
este croar.
Sobre los juncos la luna se alza
falsa demás,
y al triste charco su luz realza
menos y más.
¿Dónde, en que vida, fue verdadero
lo que me acuerdo
cuando oigo ranas en un estero
que no recuerdo?
Nada. Entre juncos duerme un mutismo.
Croan ufanas
de un alma antigua que hay en mí mismo,
sin mí, las ranas.

* * *

Basta pensar al sentir
para sentir al pensar.
Mi alma es la que hace reír
a mi misma alma al llorar.
Después de parar y andar,
después de quedarse e ir,
he de ser quien va a llegar
por ser quien quiere partir.

Vivir es no conseguir.

 

 

Fernando Pessoa
LIBRO DEL DESASOSIEGO

... He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado nunca a la Humanidad. He considerado que Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, pues, ser adorado; pero que la Humanidad , siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad , con sus ritos de Libertad e Igualdad, me ha parecido siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales.

Así, no sabiendo creer en Dios, y no pudiendo creer en una suma de animales, me he quedado, como otros de la orilla de las gentes, en esa distancia de todo a que comúnmente se llama la Decadencia. La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía.

A quien como yo, así, viviendo no sabe tener vida, ¿qué le queda sino, como a mis pocos pares, la renuncia por modo y la contemplación por destino? No sabiendo lo que es la vida religiosa, ni pudiendo saberlo, porque no se tiene fe con la razón; no pudiendo tener fe en la abstracción del hombre, ni sabiendo siquiera qué hacer de ella ante nosotros, nos quedaba, como motivo de tener alma, la contemplación estética de la vida. Y, así, ajenos a la solemnidad de todos los mundos, indiferentes a lo divino y despreciadores de lo humano, nos entregamos fútilmente a la sensación sin propósito, cultivada con un epicureísmo sutilizado, como conviene a nuestros nervios cerebrales.

Reteniendo, de la ciencia, solamente aquel precepto suyo central de que todo está sujeto a leyes fatales, contra las cuales no se reacciona independientemente, porque reaccionar es haber hecho ellas que reaccionásemos; y comprobando que ese precepto se ajusta al otro, mas antiguo, de la divina fatalidad de las cosas, abdicamos del esfuerzo como los débiles del entrenamiento de los atletas, y nos inclinamos sobre el libro de las sensaciones con un gran escrúpulo de erudición sentida.

No tomando nada en serio, ni considerando que nos fuese dada, por cierta, otra realidad que nuestras sensaciones, en ellas nos refugiamos, y a ellas exploramos como a grandes países desconocidos. Y, si nos empleamos asiduamente, no sólo en la contemplación estética, sino también en la expresión de sus modos y resultados, es que la prosa o el verso que escribimos, destituidos de voluntad de querer convencer al ajeno entendimiento o mover la ajena voluntad, es apenas como el hablar en voz alta de quien lee, como para dar objetividad al placer subjetivo de la lectura.

Sabemos bien que toda obra tiene que ser imperfecta, y que la menos segura de nuestras contemplaciones estéticas será la de aquello que escribimos. Pero, imperfecto y todo, no hay poniente tan bello que no pudiese serlo más, o brisa leve que nos dé sueño que no pudiese darnos un sueño todavía más tranquilo. Y así, contempladores iguales de las montañas y de las estatuas, disfrutando de los días como de los libros soñándolo todo, sobre todo para convertirlo en nuestra íntima substancia, haremos también descripciones y análisis que, una vez hechos, pasarán a ser cosas ajenas que podemos disfrutar como si viniesen en la tarde.

No es éste el concepto de los pesimistas, como aquel de Vigny, para quien la vida es una cárcel, en la que él tejía paja para distraerse. Ser pesimista es tomar algo por trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad. No tenemos, es cierto, un concepto de valía que apliquemos a la obra que producimos. La producimos, es cierto, para distraernos, pero no como el preso que teje la paja, para distraerse del Destino, sino como la joven que borda almohadones para distraerse, sin nada más.

Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo. No sé a dónde me llevará, porque no sé nada. Podría considerar esta posada una prisión, porque estoy compelido a aguardar en ella; podría considerarla un lugar de sociabilidad, porque aquí me encuentro con otros. No soy, sin embargo, ni impaciente ni vulgar. Dejo a lo que son a los que se encierran en el cuarto, echados indolentes en la cama donde esperan sin sueño; dejo a lo que hacen a los que conversan en las salas, desde donde las músicas y las voces llegan cómodas hasta mí. Me siento a la puerta y embebo mis ojos en los colores y en los sonidos del paisaje, y canto lento, para mí solo, vagos cantos que compongo mientras espero.

Para todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia. Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla, y no me interrogo más ni busco. Si lo que deje escrito en el libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros, entretenerlos también durante el viaje, estará bien. Si no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien.

 

 


Francisco Rodríguez Marín
(1855-1943
)

ANHELOS

Agua quisiera ser, luz y alma mía,
que con su transparencia te brindara;
porque tu dulce boca me gustara,
no apagara tu sed, la encendería.


Viento quisiera ser: en noche umbría
callado hasta tu lecho penetrara,
y aspirar por tus labios me dejara,
y mi vida en la tuya infundiría.


Fuego quisiera ser para abrasarte
en un volcán de amor, ¡oh, estatua inerte,
sorda a las quejas de quien supo amarte!


Y después para siempre poseerte,
tierra quisiera ser, y disputarte
celoso a la codicia de la muerte.


 

Alfonsina Storni

ODIO

Oh, primavera de las amapolas,
tú que floreces para bien mi casa,
luego que enjoyes las corolas,
pasa.

Beso, la forma más voraz del fuego,
clava sin miedo tu endiablada espuela,
quema mi alma, pero luego,
vuela.

Risa de oro que movible y loca
sueltas el alma, de las sombras, presa,
en cuanto asomes a la boca,
cesa.

Lástima blanda del error amante
que a cada paso el corazón diluye,
vuelca tus mieles y al instante,
huye.

Odio tremendo, como nada fosco,
odio que truecas en puñal la seda,
odio que apenas te conozco,
queda.

 

OVEJA DESCARRIADA

Oveja descarriada, dijeron por ahí.
Oveja descarriada. Los hombros encogí.

En verdad descarriada. Que a los bosques salí;
estrellas de los cielos en los bosques pací.

En verdad descarriada. Que el oro que cogí
no me duró en las manos y a cualquier lo di.

En verdad descarriada, que tuve para mí
el oro de los cielos por cosa baladí.

En verdad descarriada que estoy de paso aquí.