Fernando
Pessoa
LIBRO DEL DESASOSIEGO
...
He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes
habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón
que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y
entonces, porque el espíritu humano tiende naturalmente a criticar
porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes
ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios. Pertenezco,
sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen
de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la
que son, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por
eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado
nunca a la Humanidad. He considerado que Dios, siendo improbable, podría
ser; pudiendo, pues, ser adorado; pero que la Humanidad , siendo una
mera idea biológica, y no significando más que la especie
animal humana, no era más digna de adoración que cualquier
otra especie animal. Este culto de la Humanidad , con sus ritos de Libertad
e Igualdad, me ha parecido siempre una resurrección de los cultos
antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían
cabezas de animales.
Así,
no sabiendo creer en Dios, y no pudiendo creer en una suma de animales,
me he quedado, como otros de la orilla de las gentes, en esa distancia
de todo a que comúnmente se llama la Decadencia. La Decadencia
es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia
es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se
pararía.
A
quien como yo, así, viviendo no sabe tener vida, ¿qué
le queda sino, como a mis pocos pares, la renuncia por modo y la contemplación
por destino? No sabiendo lo que es la vida religiosa, ni pudiendo saberlo,
porque no se tiene fe con la razón; no pudiendo tener fe en la
abstracción del hombre, ni sabiendo siquiera qué hacer
de ella ante nosotros, nos quedaba, como motivo de tener alma, la contemplación
estética de la vida. Y, así, ajenos a la solemnidad de
todos los mundos, indiferentes a lo divino y despreciadores de lo humano,
nos entregamos fútilmente a la sensación sin propósito,
cultivada con un epicureísmo sutilizado, como conviene a nuestros
nervios cerebrales.
Reteniendo,
de la ciencia, solamente aquel precepto suyo central de que todo está
sujeto a leyes fatales, contra las cuales no se reacciona independientemente,
porque reaccionar es haber hecho ellas que reaccionásemos; y
comprobando que ese precepto se ajusta al otro, mas antiguo, de la divina
fatalidad de las cosas, abdicamos del esfuerzo como los débiles
del entrenamiento de los atletas, y nos inclinamos sobre el libro de
las sensaciones con un gran escrúpulo de erudición sentida.
No
tomando nada en serio, ni considerando que nos fuese dada, por cierta,
otra realidad que nuestras sensaciones, en ellas nos refugiamos, y a
ellas exploramos como a grandes países desconocidos. Y, si nos
empleamos asiduamente, no sólo en la contemplación estética,
sino también en la expresión de sus modos y resultados,
es que la prosa o el verso que escribimos, destituidos de voluntad de
querer convencer al ajeno entendimiento o mover la ajena voluntad, es
apenas como el hablar en voz alta de quien lee, como para dar objetividad
al placer subjetivo de la lectura.
Sabemos
bien que toda obra tiene que ser imperfecta, y que la menos segura de
nuestras contemplaciones estéticas será la de aquello
que escribimos. Pero, imperfecto y todo, no hay poniente tan bello que
no pudiese serlo más, o brisa leve que nos dé sueño
que no pudiese darnos un sueño todavía más tranquilo.
Y así, contempladores iguales de las montañas y de las
estatuas, disfrutando de los días como de los libros soñándolo
todo, sobre todo para convertirlo en nuestra íntima substancia,
haremos también descripciones y análisis que, una vez
hechos, pasarán a ser cosas ajenas que podemos disfrutar como
si viniesen en la tarde.
No
es éste el concepto de los pesimistas, como aquel de Vigny, para
quien la vida es una cárcel, en la que él tejía
paja para distraerse. Ser pesimista es tomar algo por trágico,
y esa actitud es una exageración y una incomodidad. No tenemos,
es cierto, un concepto de valía que apliquemos a la obra que
producimos. La producimos, es cierto, para distraernos, pero no como
el preso que teje la paja, para distraerse del Destino, sino como la
joven que borda almohadones para distraerse, sin nada más.
Considero
a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue
la diligencia del abismo. No sé a dónde me llevará,
porque no sé nada. Podría considerar esta posada una prisión,
porque estoy compelido a aguardar en ella; podría considerarla
un lugar de sociabilidad, porque aquí me encuentro con otros.
No soy, sin embargo, ni impaciente ni vulgar. Dejo a lo que son a los
que se encierran en el cuarto, echados indolentes en la cama donde esperan
sin sueño; dejo a lo que hacen a los que conversan en las salas,
desde donde las músicas y las voces llegan cómodas hasta
mí. Me siento a la puerta y embebo mis ojos en los colores y
en los sonidos del paisaje, y canto lento, para mí solo, vagos
cantos que compongo mientras espero.
Para
todos nosotros caerá la noche y llegará la diligencia.
Disfruto la brisa que me conceden y el alma que me han dado para disfrutarla,
y no me interrogo más ni busco. Si lo que deje escrito en el
libro de los viajeros pudiera, releído un día por otros,
entretenerlos también durante el viaje, estará bien. Si
no lo leyeran, ni se entretuvieran, también estará bien.