Me
despertó el sonido de la llave abriendo la puerta de la calle. En
contra de mi costumbre, no había bajado la persiana la noche pasada
y el sol penetraba con fuerza en la habitación. Sentí un fuerte
dolor de cabeza y apreté los ojos en un vano intento de hacerlo desaparecer.
Las dos botellas de mistela reposaban vacías sobre la mesita de noche.
Su sabor, ayer dulce y sugerente, había convertido mi paladar en
una realidad pastosa en la que mi lengua no hallaba acomodo.
Los pasos de Trini sobre la tarima del pasillo me sobresaltaron, e intenté
apresuradamente espabilarme. Iba para cinco años que venía
a hacer la limpieza de mi casa y también guisaba maravillosamente.
Mi hermana Conchi me había hablado de ella. Que pasaba apuros para
pagar la hipoteca, que era manchega de un pueblo cercano al nuestro, que
si me vendría muy bien porque era limpia y hacendosa y nos dejaría
más tiempo libre a ambos. Total, que acepté y Trini pasó
a ocuparse de las tareas domésticas. Habitualmente acudía
a casa por las mañanas y yo apenas coincidía con ella.
Me incorporé a medias y tiré de la colcha para mejorar el
aspecto de la cama. El reloj marcaba ya las doce menos cuarto. Habían
pasado veinticuatro horas desde que Pedro me confirmase la noticia del fin.
Trini entró y dio un respingo al verme:
- Pero Don Fulgencio, ¿qué hace usted aquí? ¿Está
enfermo?
- No, Trini. Estoy bien, gracias. Pensé que con esto del fin del
mundo, hoy no vendrías…
- Ay, no Don Fulgencio. Que una es muy cumplidora- dijo mientras asomaba
a su rostro una sonrisa maliciosa.
Miré distraídamente
por la ventana hacia la plaza tres pisos más abajo. Los árboles
lucían altivos el verdor de su brillante cabellera. El reloj de
la torre marcaba las ocho, pero, al contrario que hacía una semana,
eran muy pocas las personas que caminaban entre los parterres. Los columpios
y toboganes se veían desoladoramente vacíos. Un hombre sentado
en un banco azul, ocultaba, inmóvil, su cabeza entre las manos
con un gesto abatido.
Una ola ardiente ascendió por mi esófago hasta romper en
el interior de mi boca. La larga siesta y la glotonería con la
que enfrenté el gazpacho que Trini me había preparado, me
pasaban factura.
- Demasiado ajo-pensé. Una copita de orujo siempre vino bien para
las digestiones pesadas.
Escanciaba la tercera cuando recordé que a las diez en televisión
el rey y el presidente del gobierno iban a dirigirse a la nación.
Encendí el aparato. La intervención acababa de comenzar.
Ambos mandatarios comparecían arropados por sus respectivos círculos
familiares.
Nunca antes había reparado en la cantidad de miembros que formaban
la familia real, hasta que vi aquella composición ordenada de príncipes,
princesas, duques consortes, infantes, infantas y una docena de infantitos
que llenaban la pantalla. A su lado, el único hijo del presidente
y su mujer parecían estar de prestado.
Las divergencias entre el rey y el presidente a la hora de dirigir el
país, habían sido muy acusadas, y los rifirrafes entre los
dos llenaban frecuentemente las portadas de los periódicos.
Esta noche, finalmente, el mensaje y la actitud de ambos eran coincidentes.
Un aluvión de tópicos sobre el orgullo que les había
producido el ejercer la dirección de tan sabio pueblo, el culminar
el devenir histórico de una de las más grandes naciones
del planeta, el profundo agradecimiento a los españoles de toda
suerte y condición, salpicó la alfombra de mi sala de estar,
mientras el vaivén de la cámara captaba un conjunto de miradas
vacías, compungidas, torvas en algunos casos, deslustradas en la
seguridad de asistir al acto final, con el telón del fracaso a
punto de caer sobre su estirpe de triunfadores.
Harto de tan pobre espectáculo, apagué el televisor.
La lucha política, la información y el glamour ya no tenían
ningún sentido.
La noche se
había hecho larga. Apenas logré conciliar el sueño
y las horas se volvieron interminables balances que arruinaron mi descanso.
Al clarear conseguí dormirme y, un par de horas más tarde,
que sentí aliviado aunque decidí darme otro rato más
de cama.
Sobre las diez me levanté y desayuné sin mucha gana. Elegí
entre mi colección de películas porno una de mis favoritas,
y me entretuve con aquellas tablas gimnásticas ejecutadas en grupo.
Una de las “actrices” tenía un cierto parecido con
Trini y, tal vez por ello, noté como la erección escalaba
hasta su punto más alto.
El deseo más lascivo tomó la imagen de mi doméstica
y todas mis fantasías más secretas se encarnaron en ella.
- ¡Ay, si yo me atreviera!- me dije a mi mismo, para, a continuación
maldecir mi cobardía, y acabar, de paso, con la prometedora erección.
Miré el reloj. Trini ya debería estar aquí-pensé,
pero transcurrió la mañana y Trini no dio señales
de vida. El teléfono había dejado de funcionar el día
anterior y no pude llamar para enterarme del motivo de su primera ausencia
en cinco años.
- Bueno, es normal en las actuales circunstancias. Ni ganas, tendrá.
Yo hace dos días que no piso.
A las dos me acerqué hasta la cocina. Ya me rascaba el estómago
y abrí el frigorífico. Me incliné por freír
un par de huevos y abrirme una lata de mejillones.
Para iniciarme en el noble arte culinario ya era demasiado tarde.
Terminaba el café, cuando sentí la llave en la cerradura.
Oí como se cerraba la puerta y el sonido de unos tacones llenó
el pasillo.
- Conchi, que cuando vea esta leonera me echará su última
reprimenda- pensé resignado.
Trini franqueó la puerta de la cocina para mi sorpresa.
- Buenas tardes, Don Fulgencio. Me tiene que perdonar, pero hoy he tenido
a los chavales en casa toda la mañana. Es que los colegios han
cerrao. Me han dao guerra, pero me apetecía mucho estar con ellos…A
Esteban lo tengo desde ayer cruzao en el salón delante de la tele.
¡Yo que sé las veces que habrá visto este hombre la
final del mundial que le regalaron hace meses con el Marca! Le he dicho
que venía a despedirme de usted y no me hizo ni caso. ¡P´a
mí que ni se ha enterao!
Venía guapa y se había esmerado en arreglarse, como indicaban
el rimel y el rojo de labios. Un maquillaje ligero acentuaba sus pómulos
afilando su rostro.
- Siéntate y tómate un café conmigo. Tú, ¿cómo
ves esto del fin del mundo?
- ¡Ay Don Fulgencio, de eso sabrá usted mucho más!
Qué quiere que le diga. Yo estoy como que no me lo creo. Además,
ayer pensándolo, vi que me pilla con todo hecho. Bueno, con casi
todo.
- Explícate, mujer- dije intrigado.
- Pues verá, Don Fulgencio. Que en estos cinco años que
lo llevo tratao, pues…que siempre se portó bien conmigo y,
que quiere que le diga, pues…que le he cogío cariño.
Mire que me lo advirtieron cuando empecé aquí: que si se
dice por el barrio que le gustan demasiado las mujeres, que si tú
en casa de un soltero. Vamos, chismes de barrio, usted ya me entiende.
El caso es que ya va p´a dos años que me da por mirarle de
otra manera. Siempre tan cortés, tan bien afeitao y peinao, siempre
tan derecho. Y lo que sabe. ¡Este hombre sabe de todo!, como yo
digo.
Y después claro, llega una a casa y ve al Esteban, que oiga no
se crea, es buena persona y hasta cariñoso oiga, pero, limpio,
lo que se dice limpio, pues no, que quiere que le diga. Perdone Don Fulgencio,
¿no le estaré molestando con tanta cháchara?
- No, hija mía, por Dios. Continúa.
-Luego, que también mi di cuenta cómo me miraba. A veces
le pillaba y usted se ponía hasta colorao. Sí, que ya venía
avisada, pero que…vamos, que no me disgustaba…vamos, que…usted
me gusta y…a veces ¡me pone a cien! ¡Venga, ya lo he
soltao! Y, ayer, con esto del fin del mundo, que me dije: Trini no seas
tonta, a ver si te vas a quedar con las ganas, que un capricho es un capricho
y un día es un día. Vamos, y sobre todo si es el último…
Dejó la frase en suspenso y su pícara mirada, clavada en
mis ojos, completó la deliciosa tentación en la que hacía
rato ya había caído.
Me levanté de la silla y la tomé de la mano. Recorrí
el pasillo agarrado a su cintura, mientras el dormitorio se me antojaba
un lugar demasiado distante. La desnudé con admiración mientras
ella desabotonaba mi ropa.
- ¿No me invitaría a una copita de mistela?-me preguntó.
- Lo siento. No me queda-mentí. Lo más dulce que hay en
la casa, eres tú.
- Mire que es usted zalamero. Bueno, pero quite de ahí el crucifijo,
que ahora no pinta nada.
Sobre la cama, deshecha y sin componer, se tumbó provocadora. Ascendí
lentamente siguiendo el curso de la costura de sus medias.
- ¡Demonio de Don Fulgencio! Vaya escuela que tiene este hombre.
¡Si lo supieran en el barrio! Ven acá, gañán,
que me lo estás haciendo desear.
En la profundidad de nuestras bocas, las ávidas lenguas iniciaron
una sensual danza. Detecté el regusto del gazpacho.
- Demasiado ajo-pensé.
El sexo tenía ahora más sentido que nunca.
Abrí
los ojos perezosamente y me estiré. Luego volví la cabeza
hacia el otro lado de la cama. Trini se había ido. Aún cuando
su olor envolvía toda la habitación, su ausencia me contrarió.
El entendimiento entre nuestras anatomías me había proporcionado
un placer incomparable. La experiencia vivida con ella, su entrega, la
pasión que habíamos compartido y el calor de su mirada,
me hacia sentir conmovido y desarmado. ¡Qué notable diferencia
con aquellas profesionales contactadas por teléfono con las que
frecuentemente me desahogaba! Mi vena pragmática recordó
lo inútil de concebir esperanzas cuando el futuro apenas alcanzaba
las veinticuatro horas siguientes.
Me levanté y la ducha tibia prolongó el bienestar de mi
cuerpo durante un buen rato.
Acababa de vestirme cuando sonó el timbre. No esperaba visitas
y recibí con enojo la interrupción. Descorrí la mirilla
y eché un vistazo. Bajo la bombilla del descansillo, un hombre
calvo, alto y enjuto, esperaba dando la espalda. Sus orejas de soplillo
y su desgarbada planta me hicieron reconocerlo rápidamente. Era
Anselmo, el sacristán de mi parroquia. Abrí la puerta con
resignación y entró arrastrando los enormes zapatones que
siempre habían suscitado la broma, cuando no la burla, del vecindario.
- Buenas, Don Fulgencio. Gracias a Dios que le encuentro vivo. Pero, ¿qué
le ha pasado? Hace más de dos días que no aparece por la
parroquia. Yo ya no sabía que hacer, y, esta mañana, me
acerqué al obispado. Fue el señor obispo el que me mandó
venir a buscarle. Le creímos enfermo, y, hasta muerto me lo encuentro,
llegué yo a pensar.
- Ya ves que estoy bien, Anselmo. Tranquilízate.
- Pero como quiere usted que me tranquilice, Don Fulgencio. Tenía
que ver cómo ha estado la iglesia estos días. Son cientos
los que llegaban pidiendo confesión, y yo no sabía ya cómo
dar largas. Sobre todo a doña Luisa, ya sabe usted cómo
es, qué le voy a contar con lo que la tiene usted aguantada. Que
sí, que es de las que más hecha al cepillo de San Antonio,
pero bien que nos lo pasa por las narices. En fin, Don Fulgencio, que
son muchas almas sin consuelo que preguntan por su pastor. Se viene usted
conmigo u ponemos aquello en marcha, que, como yo digo, más vale
tarde que nunca, y, si Dios quiere, aún está usted a tiempo
de confortar a muchos pecadores arrepentidos.
- Mira Anselmo, no voy a ir contigo- afirmé taxativo.
- ¡Pero que me dice, hombre de Dios! Se ha vuelto loco.
- Anselmo, tú y yo nos hemos entendido bastante bien en estos diez
años que llevo de párroco en San Blas. Creo que nos conocemos;
sé también que me has defendido de muchas críticas,
y te lo agradezco. Yo Anselmo, te confieso que hace años que no
soy el católico que fui. Accedí al seminario como una solución,
una vía de escape del pueblo y de las tierras. Nunca me gustaron.
Me dejé llevar de aquel ambiente y, pasado el tiempo, canté
misa. Después anduve unos años un poco de la ceca a la meca,
hasta que me salió la ocasión y me dieron esta parroquia.
Me instalé en la comodidad de la rutina, en el Pentecostés
y el Adviento, en aguantar a las doñas luisas etc. Pero fe, lo
que se dice fe, compromiso…ya no tenía. Si Anselmo, cobardía
si tenía. No soportaba el colgar los hábitos y enfrentarme
a buscar trabajo según están las cosas.
Llámame lo que quieras, pero me resigné a ir tirando procurando
que no se me notara demasiado. ¿Tú crees que en estas circunstancias
estoy yo para ser el instrumento de Dios? No nos metamos en teologías
que no hay tiempo, Anselmo. El fin del mundo me ha facilitado la coherencia.
- Jo, Don Fulgencio, ¡así se las ponían a Felipe II!
Vale que yo le veía desganado en los sermones. Ahora, los responsos
¡los bordaba usted! Y la catequesis, oiga, ¡como pocos! ¿Pero
como nos va a dejar usted tirados? ¿Qué le digo yo al señor
obispo?
- Dile que no me has encontrado, Anselmo. Y ahora, como despedida y para
que me perdones, vamos a tomar una mistela a cuenta de doña Luisa-
dije sirviendo dos vasos generosos.
Brilló la calva y, hasta juraría que sus soplillos aletearon
complacidos.
- A eso no le digo yo que no, Don Fulgencio. Que con algo hay que endulzar
lo poco que nos queda.
Apuramos una botella y varios cigarrillos recordando anécdotas
del pasado, y a las diez se despidió. Nadie esperaba en casa a
aquel solitario sesentón que salió arrastrando de nuevo
sus enormes zapatos, un tanto abrumado por el fracaso de su embajada.
Lo observé desde la puerta encarando traqueteante la escalera,
hasta que el púrpura que la mistela había desatado en sus
orejas, se perdió camino de la plaza.
Entré y, desde mi balcón, contemplé la plaza. No
había nadie disfrutando del anochecer veraniego. El reloj de la
torre seguía marcando las ocho. Sonreí para mis adentros,
al constatar que Anselmo había descuidado su obligación
de dar cuerda a la vieja maquinaria.
La religión y la puntualidad eran, más que nunca, dos conceptos
vacíos.
Un par de
huevos fritos con chorizo ilustraron mi cena. Eché de menos el
pan, que se había terminado el día anterior. Su compañía
en la comida seguía siendo, en el fondo, un sabroso homenaje a
mis orígenes rurales.
Encendí el televisor para apagarlo casi de inmediato. En la Plaza
de San Pedro, el Papa se dirigía a una apretada multitud.
- ¡Qué curioso!-pensé. Ni el fin del mundo consigue
acabar con la televisión.
Pero no tenía ninguna gana de ceremonias litúrgicas a medianoche.
Abrí una novela, pero tras un par de páginas, noté
que no lograba concentrarme en mi lectura. No podía quitarme a
Trini de la cabeza y sentí que tampoco deseaba hacerlo. Estaba
despejado y sin atisbo de sueño. Apagué la luz y abrí
la ventana. El frescor de la noche y el sonido de un grillo desde el jardín,
invadieron la sala. La soledad se convirtió en desamparo y éste
provocó una necesidad de Trini, casi tangible. Estuve seguro de
estar enamorado, y eso hizo explotar el nerviosismo, la confusión
y la inseguridad al no saber cómo afrontarlo. La certeza de una
vida malgastada me atormentó; los minutos se alargaron y las horas
se hicieron interminables.
No recuerdo cuando me quedé dormido en el sofá, pero desperté
sobre las siete de la mañana con la determinación de volver
a ver a Trini.
Calenté leche y desayuné frugalmente, mientras daba vueltas
a mis propósitos. Me afeité y vestí, eligiendo entre
mi gris vestuario, un pantalón vaquero y un polo blanco, que pensé
me darían un aspecto más juvenil. Me había decidido
a acercarme hasta su casa y hablar con ella directamente. Quizás
por última vez.
Estaba cogiendo las llaves del aparador de la entrada, cuando escuché
movimiento en el exterior. La puerta se abrió y recibí con
cara de asombro a Trini y a sus dos críos.
- Trini, mujer ¿de dónde sales? No sabes que alegría
me das. Bueno…de hecho, iba a salir hacia tu casa, porque necesitaba
hablar contigo. Pero te veo pálida, ¿ha pasado algo?
- Vaya que sí, Don Fulgencio. Ayer tarde cuando le dejé,
volví a casa. Esteban como si nada. A la hora, preparé la
cena, corté jamón y abrí vino del bueno. Total p´a
que se eche a perder, lo estropeo yo, me dije. Acosté a los niños.
Estaba muerta de cansancio, que buen trajín me dio usted. Le dije
a Esteban que si se venía a la cama, pero ni me contestó.
Me desperté a las siete y media y no se había acostado.
Me dio muy mala espina oiga, y me tiré de la cama corriendo a la
salita. La tele seguía encendida. Esteban estaba inclinado sobre
el brazo, con una postura rara, y cuando le llamé y no respondía
ya me puse en lo peor. Me acerco, lo toco, y frío estaba como lo
que era, un cadáver. ¡Todas las pastillas p´a dormir
se había comido el pobre! Me dio una cosa al corazón, una
angustia…vamos, que lloré lo que me pedía el cuerpo
y luego me dije: Trini, ¿cómo te vas a quedar aquí
con los niños con este panorama? ¡Si es que ya no hay sitio
p´a llamar y que se lleven al muerto! Total, que los levanté
y aquí nos tiene, Don Fulgencio.
- Pues siento mucho lo de Esteban- mentí guardando las formas.
Pero te agradezco que hayas decidido compartir estas últimas horas
conmigo. Creo que has hecho muy bien. Por los niños, por mi y también
espero que por ti. No habréis desayunado, ¿por qué
no preparas algo para estos chavales? En la cocina quedan leche y galletas.
Ayer encontré en el aparador una botella de mistela y a ti te voy
a servir una copita ahora mismo. Verás como te entona un poco.
- No se la rechazo, pero con el revoltijo de tripas que tengo conmigo,
preferiría una de ese orujo de guindas que le mandan del pueblo
y que guarda en el salón, Don Fulgencio.
- Vale, Trini. Pero, por favor, ¿no crees que va siendo hora de
que me apees el Don?
- Yo es que soy muy de costumbres, Don Fulgencio. Y, además, que
no me pega llamarlo de otra manera. Total, va a ser un rato. P´a
que vamos a andar cambiando, ¿no le parece?
- Como quieras, mujer. Si vas a estar a disgusto…
Fuimos a la cocina y comenzó a preparar el desayuno para los cuatro.
Exprimió naranjas, encontró un tarro de confitura y arregló
la mesa primorosamente. Mientras, le serví la copa de orujo con
guindas. Me lo agradeció con una sonrisa, justo antes de apurarla
de un trago.
Compartimos un desayuno largo, reposado, dibujando una estampa familiar
ficticia pero agradable. El orujo había devuelto el color a sus
mejillas y ambos estábamos más animados.
Luego dejamos a los críos dibujando, entretenidos con los lápices
de colores y protegidos por la inconsciencia de la niñez.
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