En una
luminosa mañana de otoño me aproximo al madrileño
Museo del Prado. Inauguran la primera muestra monográfica dedicada
al genial pintor holandés, Rembrandt (1606/1669). Han traído
cuadros, cedidos por diversas pinacotecas, que repasan todas las épocas
de su prolija obra. Sorteo a un grupo de turistas despistados y traspaso
la Puerta de Los Jerónimos. Tras salvar el inevitable control
de seguridad, dejo en la bandejita: Cinturón, monedas, llaves
y mp3 mientras paso por el escáner, consigo acceder al interior
y sigo las indicaciones que me llevan hasta la sala de tan magna exposición.
Allí está
Artemisa,
esta vez bien acompañada de otras obras de su autor. Brilla con
luz propia sobre la misteriosa penumbra que la rodea. De su lujosa vestimenta
destaca el broche en relieve y el fulgor de sus brillantes piedras.
Requieren mi atención dos grandes cuadros como son El Banquete
de Baltasar y Sansón cegado por los filisteos, con su impactante
dinamismo. Pero sobre todo: Betsabé. Su sombría
mirada (magnífica la expresión del rostro) contrasta con
su blanca desnudez. Una Betsabé tristemente pensativa ante la
catástrofe que el destino le ha deparado. Se puede también
apreciar la mirada jocosa y burlona del pintor de Leiden, especialmente
en sus autorretratos. Acompañan a sus creaciones, algunas de
artistas que le influyeron como Rubens y Tiziano, de tal forma que me
encuentro ante una que yo, de manera irreverente, denomino "Bombero
en el vestuario" y que no es otra que la magnífica obra
de madurez de Velázquez titulada "El Dios Marte". Dejo
a Betsabé pensativa y abandono la sala. Continúo mi periplo
pictórico y, tras atravesar un par de galerías, me topo
con el impresionante tríptico "El Jardín de las Delicias".
Quedo paralizado ante su contemplación. Tanto tiempo sin verlo.
Un auténtico redescubrimiento. Qué colores. Qué
infinidad de detalles. Qué imaginación. Me pregunto que
tipo de psicotrópicos consumiría El Bosco (1450/1516).
Pura psicodelia. Tras un largo visionado de tan alucinante tabla, giro
hacia mi izquierda
para
disfrutar con los paisajes de Joachim Patinir (1485/1524). Que hermosas
tonalidades de azul. No puedo abandonar el edificio sin revisitar la
sala principal de D. Diego. Me encuentro una vez más frente a
"El triunfo de Baco", excelsa obra por la que siempre estoy
dispuesto a brindar. Insuperable la expresión de esos rostros
entregados al noble bebestible. Mientras contemplo "Las Meninas"
escucho la explicación en francés que una veterana guía
imparte a un grupo de visitantes. Mais Oui, madam. Así es: Velázquez
nos mira, hasta que descubrimos que en realidad el objeto de su atención
se refleja en el espejo del fondo. También les explica como consiguió
el fascinante efecto tridimensional jugando con espacios alternativamente
iluminados y en penumbra. Ciertamente podría haber dedicado toda
la mañana a tan irrepetible cuadro y su juego de perspectivas,
pero se los lleva a la siguiente estancia. Comienzo a sentir cansancio
físico, mis lumbares me avisan, llevo varias horas de visita
que cansan mucho más que una marcha de 10 km. Tendré que
resistir pues no pienso irme sin visitar alguna sala de D. Francisco.
Emprendo la subida por los empinados escalones de piedra hasta la planta
superior donde me espera su obra de temática costumbrista con
la que disfruto durante un buen rato. Repongo fuerzas ingiriendo alimento
sólido en un restaurante próximo. Una vez acabado tan
duro trámite, me dirijo a mi cine favorito para ver la última
locura que los hermanos Coen han perpetrado. Pero eso lo tendréis
que leer en otro apartado