(15-10-08)
AYANIMOF
De como fui a ver la exposición de Rembrandt y acabé flipando con El Bosco

En una luminosa mañana de otoño me aproximo al madrileño Museo del Prado. Inauguran la primera muestra monográfica dedicada al genial pintor holandés, Rembrandt (1606/1669). Han traído cuadros, cedidos por diversas pinacotecas, que repasan todas las épocas de su prolija obra. Sorteo a un grupo de turistas despistados y traspaso la Puerta de Los Jerónimos. Tras salvar el inevitable control de seguridad, dejo en la bandejita: Cinturón, monedas, llaves y mp3 mientras paso por el escáner, consigo acceder al interior y sigo las indicaciones que me llevan hasta la sala de tan magna exposición. Allí está Artemisa, esta vez bien acompañada de otras obras de su autor. Brilla con luz propia sobre la misteriosa penumbra que la rodea. De su lujosa vestimenta destaca el broche en relieve y el fulgor de sus brillantes piedras. Requieren mi atención dos grandes cuadros como son El Banquete de Baltasar y Sansón cegado por los filisteos, con su impactante dinamismo. Pero sobre todo: Betsabé. Su sombría mirada (magnífica la expresión del rostro) contrasta con su blanca desnudez. Una Betsabé tristemente pensativa ante la catástrofe que el destino le ha deparado. Se puede también apreciar la mirada jocosa y burlona del pintor de Leiden, especialmente en sus autorretratos. Acompañan a sus creaciones, algunas de artistas que le influyeron como Rubens y Tiziano, de tal forma que me encuentro ante una que yo, de manera irreverente, denomino "Bombero en el vestuario" y que no es otra que la magnífica obra de madurez de Velázquez titulada "El Dios Marte". Dejo a Betsabé pensativa y abandono la sala. Continúo mi periplo pictórico y, tras atravesar un par de galerías, me topo con el impresionante tríptico "El Jardín de las Delicias". Quedo paralizado ante su contemplación. Tanto tiempo sin verlo. Un auténtico redescubrimiento. Qué colores. Qué infinidad de detalles. Qué imaginación. Me pregunto que tipo de psicotrópicos consumiría El Bosco (1450/1516). Pura psicodelia. Tras un largo visionado de tan alucinante tabla, giro hacia mi izquierda Betsabépara disfrutar con los paisajes de Joachim Patinir (1485/1524). Que hermosas tonalidades de azul. No puedo abandonar el edificio sin revisitar la sala principal de D. Diego. Me encuentro una vez más frente a "El triunfo de Baco", excelsa obra por la que siempre estoy dispuesto a brindar. Insuperable la expresión de esos rostros entregados al noble bebestible. Mientras contemplo "Las Meninas" escucho la explicación en francés que una veterana guía imparte a un grupo de visitantes. Mais Oui, madam. Así es: Velázquez nos mira, hasta que descubrimos que en realidad el objeto de su atención se refleja en el espejo del fondo. También les explica como consiguió el fascinante efecto tridimensional jugando con espacios alternativamente iluminados y en penumbra. Ciertamente podría haber dedicado toda la mañana a tan irrepetible cuadro y su juego de perspectivas, pero se los lleva a la siguiente estancia. Comienzo a sentir cansancio físico, mis lumbares me avisan, llevo varias horas de visita que cansan mucho más que una marcha de 10 km. Tendré que resistir pues no pienso irme sin visitar alguna sala de D. Francisco. Emprendo la subida por los empinados escalones de piedra hasta la planta superior donde me espera su obra de temática costumbrista con la que disfruto durante un buen rato. Repongo fuerzas ingiriendo alimento sólido en un restaurante próximo. Una vez acabado tan duro trámite, me dirijo a mi cine favorito para ver la última locura que los hermanos Coen han perpetrado. Pero eso lo tendréis que leer en otro apartado…