China, la milenaria, la misteriosa, la desconcertante, la temible también, aporta tantas visiones como personas recorren su extensa y variada geografía. Yo te paso algunas de las que he tenido en mi última visita al país del dragón. Algunas, son imaginadas, otras son sencillas descripciones de lo vivido, guardadas en la retina, que quiero compartir con mis amigos.
(Robin Hook, noviembre 2011)
ROJO CHINO

Tenues linternas que arrojan pasión
A las sombras del patio.
Roja tierra a la que arrancar el sustento,
Teñida por la roja savia necesaria
Para edificar imperios.
Picantes guirnaldas puntiagudas
Colgando sobre los adobes resquebrajados.
Mazorcas doradas secándose
Al sol del mediodía,
Atesorando rayos que defenderán del rudo invierno,
Festonean ventanas de gastada madera.
Gestes milenarias con arrugas labradas
Por la historia y el cansancio.
Rojo catafalco y gallo de roja cresta.
¿Cantarás acaso para despertar
A tu amo de la muerte?
¿Entonará su chillona melodía
La vedette ceñida en rojo plástico,
El día de su funeral?
¿Despierta el dragón rojo o muere
Bajo esta luna de sangre
Que fertiliza el arroz
En las terrazas de Yuanyang?

LA PERLA

La perla prendida en la noche, regala su resplandor al palacio.
Su haz lechoso baña los altos muros. En el patio se detiene un instante, para mirarse en el estanque, orgullosa de su belleza.
La concubina Xien Feng Li bosteza aburrida en su jaula de oro. El bordado de su vestido de seda proclama la riqueza de su señor.
Esta noche el hijo del cielo no ha solicitado sus favores.
Han sido demasiadas lunas redondas las vividas, y son muchas las perlas que adornan su tiara.
Aún recuerda la noche en que su juventud abrió las puertas de la Ciudad Prohibida. Hubo días felices, de risas y juegos, en los que la abundancia compró la hermosura de su rostro.
Días para la admiración de las otras mujeres, para el halago y las atenciones de los eunucos, para el favor del emperador.
Sus padres y su aldea solo son un eco desdibujado.
Hoy la melancolía y un tedio insoportable agarrotan su espíritu. Una pesada tristeza encadena el alba con el atardecer, lenta, repetidamente.
Ante ella, el horizonte se reduce a las paredes de su patio y el mar vive aprisionado en los confines del pequeño estanque en el que, esta noche, brilla la perla.


Toma en su delicada mano la afilada daga y siente el calor del jade de la empuñadura. Luego, cruza el patio.
Su pálida cara añade otra perla al reflejo en el agua reposada.
Un instante. Una mueca de dolor que vela su boca.
La sangre resbala por sus amplias bocamangas, rompiendo la quietud del líquido.
La roja perla tiembla espantada.

A estos dos poemas de Robin falta añadir otros cuatro suyos, que llegarán acompañados de fotos tomadas por el propio autor en su viaje a China.
(Enero 2012)