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LA
PERLA
La
perla prendida en la noche, regala su resplandor al palacio.
Su haz lechoso baña los altos muros. En el patio se detiene
un instante, para mirarse en el estanque, orgullosa de su belleza.
La concubina Xien Feng Li bosteza aburrida en su jaula de oro. El
bordado de su vestido de seda proclama la riqueza de su señor.
Esta noche el hijo del cielo no ha solicitado sus favores.
Han sido demasiadas lunas redondas las vividas, y son muchas las
perlas que adornan su tiara.
Aún recuerda la noche en que su juventud abrió las
puertas de la Ciudad Prohibida. Hubo días felices, de risas
y juegos, en los que la abundancia compró la hermosura de
su rostro.
Días para la admiración de las otras mujeres, para
el halago y las atenciones de los eunucos, para el favor del emperador.
Sus padres y su aldea solo son un eco desdibujado.
Hoy la melancolía y un tedio insoportable agarrotan su espíritu.
Una pesada tristeza encadena el alba con el atardecer, lenta, repetidamente.
Ante ella, el horizonte se reduce a las paredes de su patio y el
mar vive aprisionado en los confines del pequeño estanque
en el que, esta noche, brilla la perla.
Toma en su delicada mano la afilada daga y siente el calor del jade
de la empuñadura. Luego, cruza el patio.
Su pálida cara añade otra perla al reflejo en el agua
reposada.
Un instante. Una mueca de dolor que vela su boca.
La sangre resbala por sus amplias bocamangas, rompiendo la quietud
del líquido.
La roja perla tiembla espantada.
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