DENTRO DEL TIEMPO. Miguel Hermosilla

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¿Qué paz fue aquella que me sorprendió y me sedujo?

Cada noche mirábamos la luna. Había tantas lunas
como bocas. Las bocas imantaban palabras
y las palabras caían suavemente en el olvido inmediato
o se alojaban en la memoria
como golondrinas ebrias de rotundidad.
Acaso todos adivinábamos en la luz matutina
el hedor del futuro.
Cubríamos la insensatez con velos de esperanza,
pero siempre alguien, desposeído de las virtudes esenciales,
descrubría la mentira en vasos con líquido conjetural.

Los algarrobos ofrecían la maduración de las algarrobas
y en su recolección participaban hombres
que no eran agricultores.
En cada gota de rocío los jilgueros jóvenes
intuían la veracidad de la muerte.
Las ancianas palidecen ahora al recordar
cómo temblaban las hojas de los árboles...
Es un temblor que aún perdura,
albergado en el sueño de los cerdos repantigados.
Hay imágenes de sombras recubriendo en parte
el suelo réprobo. Ahora que no estoy allí,
sé que las tormentas significaban la presencia
múltiple del deseo, su inmediatez en la solemnidad
de los cuerpos. Acaso fueron las piedras ordenadas
de las fachadas las que inmolaron el aislamiento
de los emigrantes que regresaron,
su compostura solidificada en nidos humanos.
Un aroma de hierba húmeda regaba el aire y fijaba
en la atmósfera ese aliento telúrico de la vida.
Nada allí podía negar descubrimientos sagrados:
las sospechas se agotaban
en los instantes inmediatos al estupor.
En tales circunstancias la violencia yacía
en rostros adormecidos por la inseguridad.
La ciudad brillaba como una panacea ensordecedora,
mortificada por halagos, y quienes la visitaban,
se convertían en presas del mito.

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