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Soy
insignificante, intranscendente, apenas nada. Mi madre me ve
grande, insustituible; pero soy consciente de mi irrelevancia.
Tan sólo soy un cinturón: el cinturón del
planeta Mercurio.
Júpiter, mi padre, dice que gracias a mí, a Mercurio
no se le cae su hemisferio inferior, y que soy parte del único
mensajero del Universo. Eso me anima pero, cuando veo el ancho
cinturón de Saturno, me siento muy ridículo.
El cinturón de Venus opina que nosotros dos estamos mejor
situados que el resto porque tenemos muy cerca al Sol. Ella
es feliz así porque le gusta el poder y, además,
es muy friolera.
Yo no lo soy, sudo de continuo y, puesto a ser pequeño,
hubiera preferido ser el cinturón de Plutón que
está lejos del Sol y siempre tiene frío.
Por otro lado, el poder, no me interesa, a mí lo que
me gusta es la libertad, y aquí no es posible.
Aunque el cinturón de Neptuno, con su profunda voz, azul
marino, afirma que somos superficies no superficiales, yo sé
que somos simples círculos, carentes de autonomía,
condenados a dar vueltas y vueltas, en el espacio.
Eso creía yo hasta que alguien, que dibujaba, necesitó
un círculo cálido y pequeño, y me llevó
a su papel. Allí dejó que me moviera en libertad,
y ¡vaya si lo hice!, conocí a muchos otros círculos,
y encontré, entre ellos, una circunferencia pequeñita
a la que me uní. Me dio hermosos circulitos que se revolvieron
en giros infinitos.
Ahora
soy libre, he pasado del gran espacio estelar, a un espacio
mayor y sin fronteras, el espacio del ARTE.
DEHSLAD,
Madrid, 09-02-2008
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