Pablo Mármol
Aquel mayo…………………….

Durante aquellos años poco o nada sabía yo de rebeldías. París era una capital europea muy importante y muy lejana, y mis intereses más próximos se reducían a soñar, imaginar y jugar. Eran años difíciles para mi familia, mi padre trabajaba en la Costa Brava, era albañil, y el dinero llegaba de tarde en tarde al pueblo, y se gastaba con cuentagotas. En consecuencia mi madre aplicaba una economía de guerra y no nos permitía el menor lujo. Para ella era lujo todo aquello que se salía de lo estrictamente necesario.Yo no era consciente de esta situación, mis intereses eran más lejanos y aventureros, la comida no me interesaba, comía muy poco y el dinero no tenía ninguna dimensión para mi, yo vivía absorbido entre las lecturas de tebeos, El Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín, el Guerrero del Antifaz y sobre todo el Jabato. El Jabato era como el Capitán Trueno pero en rústico, era un íbero que luchaba contra los romanos, junto al forzudo Taurus y su novia, Claudia, chica independiente, diferente de la damisela Sigrid de Thule que esperaba pacientemente al Capitán Trueno, ésta le acompañaba en sus aventuras. Además le acompañaba un poeta, muy delgado, Fideo y un chico a imagen y semejanza de Crispín del cual no recuerdo su nombre. Con estos asuntos distraía yo mi mente, ajeno al mundo, tanto al más próximo como al más lejano.
El cine en aquellos años, cuando la televisión era un entretenimiento muy minoritario, solo había televisión en algún bar, era el espectáculo fundamental. Era tradicional que los domingos los chicos fuéramos a ver que películas ponían en los dos cines del pueblo. Mirábamos las carteleras y discutíamos sobre cual de las dos sesiones dobles era mejor. Las películas del Oeste eran las favoritas, salvo que pusieran una de "romanos" en ese caso no había discusión. Las comedias eran despreciadas, ya que eran películas de "hablar" y en aquellos momentos primaba la acción sobre todo lo demás.

Yo sufría una gran frustración ya que me empezaba a aficionar al cine, y mi madre siempre me decía lo mismo: "para el cine no hay dinero". El poco dinero que llegaba se iba en comida y no se podía gastar en algo que no era necesario. Las tardes de domingo eran maravillosas, jugaba con mis amigos, pero al anochecer estos se iban con sus padres o en pandilla al cine y yo volvía a casa, cenaba y me encerraba en mi habitación con mis tebeos, pero eso no valía, en ese momento eran un mal sucedáneo.

Los lunes en el colegio se hablaba fundamentalmente de las películas que habían visto el domingo, yo escuchaba con atención, trataba de captar todos los detalles, comparaba y unía los diferentes capítulos que mis compañeros me narraban. Te contaban la película entera y a veces había discrepancias sobre la misma, pues había detalles donde no coincidían. Tenía que permanecer callado, recordando los carteles que había visto expuestos e imaginando. El fútbol aún no había irrumpido en mi vida.

Todo cambió aquel verano, uno de los dos cines, el más próximo a mi casa, abrió una terraza de verano al aire libre. En aquellas noches ya no solo se oía a los grillos, también llegaba la megafonía del cine, la música y los diálogos inundaban los corrales de los vecinos. Ya podía oír las películas, aquello no era la felicidad pero se le parecía mucho. Miraba aquella pared del corral, donde mi padre había echado unas "paletadas" de cemento, también en algunos lugares se veían los ladrillos, todo aquello me servía para formar figuras que se asemejaban a los caballos o a los personajes de los cuales oía los diálogos. El cielo azul, lleno de estrellas era muy parecido al que aparecía en aquellas películas de vaqueros. Incluso el olor a hierba mojada y a macetas que regaba alguna vecina me servía para ambientar la película. El encanto solo era interrumpido por los maullidos de algún gato travieso o el olor a pescado frito de algún vecino. En las películas del Oeste no se come nunca.

A partir de ese momento la situación cambió. Los domingos veía las carteleras, pero sobre todo las del cine de Fernando, me recreaba memorizando las escenas que se exponían y los personajes. Después, cuando mis amigos se iban con sus padres al cine, yo no les tenía envidia, no me importaba. Cenaba con rapidez y me sentaba en el umbral de la casa. Iba a empezar la película, la música y los diálogos llegaban con claridad, solo eran interrumpidos, por el ladrido de algún perro. Con los ojos fijos en la pared de enfrente imaginaba a los personajes, las carreras de caballos al galope, los tiros, los gritos de dolor y la música final que debía coincidir con un beso a la chica.

No todas las películas eran tan fáciles de "imaginar", las de diálogos eran muy difíciles y cuando llevaba unos minutos me marchaba, era de una película de "hablar" y esas eran más difíciles.

Poco a poco, fui descubriendo que el mundo era injusto, y que no siempre ganaban los buenos, como ocurre en las películas antiguas. Qué Dios, residía en el cielo, metido en un triángulo, según los libros de Historia Sagrada, y que el mundo le importaba poco. En fin, que tenía que buscarme la vida, que tenía que buscar mis modelos en el cine y en los tebeos, pero que la vida era también dura, a veces muy dura y abrupta. La docilidad y la obediencia no servían, y además había muchas praderas y montañas, el pueblo se quedaba pequeño.

No me resignaba, yo quería ir al cine como todo el mundo, pero a falta de cine, utilizaba este sucedáneo. Desde entonces, en muchas ocasiones, he utilizado otros sucedáneos que me han servido para tirar hacia delante. La vida a veces, nos parece dura y desagradable, y en esos momentos tenemos que dar el salto, saltar a la pantalla y ser como los protagonistas, o creer que somos protagonistas, por lo menos de nuestra historia. Los sueños de noche, de día se derrumban, pero volvemos a levantarlos como decía aquella rumba.

Mientras en mi pueblo yo imaginaba películas, en París, donde está la torre Eiffel, que está muy arriba y a la izquierda, unos jóvenes trataban de romper con una sociedad demasiado anquilosada y sujeta al miedo y el orden de la última guerra mundial. No hubo Mayo del 68, en España, en aquella España gris había una dictadura que impedía cualquier movimiento. Mayo del 68 pasó inadvertido, las protestas y huelgas se dirigían contra la dictadura y por desgracia todavía eran muy minoritarias.

Nuestro Mayo del 68 empezó en el 74, 75, 76 y sobre todo en el 77 y 78. Algunos tuvimos suerte de ser protagonistas de alguna forma en esa época, y desde luego se vivieron unos años que me aportaron unas experiencias inolvidables. Después, como siempre, las cosas volvieron a la normalidad, a otra normalidad, pero ahora, a la vuelta de los años, y comparando unas décadas con otras, se ven los avances sociales que supusieron. ¿Qué importa que algunos intelectuales, artistas y políticos, ahora renieguen de aquellos años, ya sea del 68 o del 75? Lo importante es el viaje, como dicen los versos de Kavafis, lo de menos es llegar a Itaca. Lo importante de estos movimientos sociales, es la gente que participa, que se moviliza, que lucha y que vive, sin esperar medallas o reconocimientos, porque se lo creen, y así se hace la historia. Se ha escrito mucho, se ha banalizado, o se ha profundizado, tal vez demasiado. Está todo dicho. Otros, que ni siquiera estuvieron ni en París, ni en Madrid, ni en Berlín, la escriben. Lo cierto es que ya nada es igual, para algo sirvió y se nota.

Aquellos años, a algunos nos abrieron los ojos, descubrimos que había que ser críticos, heterodoxos y antiautoritarios, a cuestionarnos y a ser cuestionados. Pero, sobre todo descubrimos que las ideas se tenían que plasmar en la vida cotidiana, en el trabajo, en la familia, en el sexo, aunque tuviéramos y tenemos muchas contradicciones. En ello estamos todavía. Aprendimos y aprendemos a equivocarnos, tenemos sobre la mesa como canta Labordeta, muchas banderas rotas, nos han traicionado, nos han engañado a veces, nos hemos dejado engañar, pero siempre tratamos de aprender. Tratamos de mantener la coherencia y la honradez, y ese quizás sea el principio fundamental para revolucionar la sociedad. Y nos mantenemos, como los olivos viejos, cada vez más arrugados, pero con más raíces, con más razones, es más difícil movernos, nos retorcemos, nos faltan ramas, pero no nos doblegamos, nos mantenemos firmes, nunca quisimos ser juncos.

Ya sé que el resultado está aquí, que han vencido "ellos", los oportunistas, los listillos, los que estaban en el ajo porque era moda, los de siempre, los que preparaban exámenes y oposiciones durante las huelgas, mientras otros se jugaban el puesto de trabajo y a veces la vida. ¿Podía haber ocurrido de otra manera? no lo sé. Hemos perdido muchas batallas, pero nunca la guerra. Lo más importante ya lo dijo Rosa Luxemburgo: Fui, soy, seré. Después de escribir un artículo con este título, las asesinaron policías bajo mando socialdemócrata.

Mayo 2008