Son más de las 12 cuando Alex se levanta; mientras se lava las manos, decide hacer una comida temprana en lugar del desayuno. Su gata, Medianoche, se ha puesto a bufar y a revolverse entre las sábanas a las tantas de la madrugada y le ha desvelado, lo cual le ha permitido recordar el extraño sueño en el que se encontraba inmerso: parecía estar haciendo un viaje con su amigo Michel; agarrados de la mano, se movían con las maletas de acá para allá siguiendo a su negra gatita, que les acompañaba, pero sin llegar a ningún sitio, como si estuvieran deslizándose entre neblinas y el tiempo se hubiera detenido. Había sido una experiencia tan real, que, cuando se levantó, le pareció estar oliendo la colonia de Michel flotando por encima de la cama e incluso todavía sentía el tacto de su piel en las manos. Mientras se aseaba, se preguntó intrigado por qué habría soñado con alguien, con quien había compartido una intensa amistad, pero que ya había abandonado este mundo hacía muchos, muchos años.

La gata no deja de maullar lastimeramente, como si estuviera enferma, a pesar de que Alex le pasa con frecuencia la mano por el cogote como a ella le gusta. Y no ha querido ni probar el atún, su manjar preferido, así que Alex se termina su tortilla y decide que la tendrá que llevar al veterinario.

Según baja las escaleras, entre maullidos y bufidos, la gata se agita inquieta al pasar por la puerta de su vecino. Al tiempo que intenta tranquilizarla con sus caricias preferidas, Alex piensa que lo mejor será avisar a Dan para que no le esperen esa tarde. Lo más probable será que le entretengan bastante en la consulta y que no le dé tiempo a reunirse con los demás en el club de golf, como hacen casi cada día. Con cierto nerviosismo, le explica a su amigo, que Medianoche está muy rara y que le excusen todos por faltar a la cita. Dan comprende enseguida. No hay más que verle la cara a Alex, para darse cuenta de que algo va mal: su afable y arrugado rostro esta hoy pálido, ojeroso y con aire ausente, le ha notado la mano sudorosa y trémula cuando se la ha estrechado e incluso su propio gato ha empezado a maullar con fuerza, como si se hubiera puesto nervioso al verles.

Alex encuentra la consulta llena de gente y de mascotas, como se había temido. Espera pacientemente, acariciando a Medianoche una y otra vez con sus marchitas manos, como ha hecho en tantas ocasiones a lo largo de los años. Cuando por fin le toca el turno de entrar se está empezando a sentir un poco indispuesto, pero lo achaca a la mala noche pasada y a la preocupación por el animal.

· ¡Vaya, otro gato nervioso! – exclama el veterinario nada más verles
· Es una gata – contesta Alex con malestar
· Ah, muy bien, y ¿qué le pasa a su gata además de estar tan nerviosa?
· Pues no lo sé, no ha querido comer, no ha dormido bien, no me ha dejado descansar a mí y no ha parado de maullar desde esta madrugada
· Ya veo. Es curioso porque es el tercer gato que veo hoy en estas condiciones. Mire, le voy a inyectar un calmante y si mañana sigue igual, se pasa usted otra vez por aquí, ¿de acuerdo?

Alex asiente sin mucha convicción, y se despide con un apretón de manos. No cree que su gata esté simplemente nerviosa, él la conoce bien y sabe que algo más le pasa, pero no tiene ganas de discutir, se encuentra muy cansado, y decide hacer caso al médico.

El aire fresco del otoño no consigue despejarle. Bastante mareado ya, Alex busca un banco donde sentarse. Los maullidos de Medianoche cada vez le aturden más y apenas se da cuenta de que, sigilosamente, se le ha acercado una mujer de aspecto felino. Con un sobresalto, nota unos dedos fríos que le agarran la muñeca con fuerza.


· ¡No quiero que me lean el futuro! – exclama bruscamente, al tiempo que retira la mano de lo que cree que es un intento de leerle el porvenir.
· Yo no adivino – le contesta una voz de ultratumba, mientras, de nuevo, unos dedos, gélidos ahora, le vuelven a atrapar la mano - Yo sé. Yo conozco. Yo, soy. Te noto. Te percibo. Viajando, con maletas. El ser amado te busca. El animal querido te guía. Y yo, te anhelo. Ten sosiego. El Sendero está determinado. Nada debes temer – aconseja la mujer antes de separarse sin más, con Medianoche entre sus brazos.
· ¡Espera, detente! – grita Alex al ver que se lleva a su gata.
· Debo proseguir – oye en su cabeza – dos como Medianoche nos aguardan.


Paralizado por el frío, el miedo y la sorpresa, Alex sólo tiene tiempo de ver alejarse a una ominosa figura, una negra silueta encapuchada que se desdibuja en el horizonte con su negra gata. “Rostro Indefinido, Pálida Piel, Manos de Acero, seas quien seas, trata bien a Medianoche, por favor”, piensa antes de desplomarse en el suelo con su último aliento.

Ianthe