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Cercada por
los brazos de ese pulpo de acero, siento calor y frío al mismo
tiempo. El torno me rebana una muela mientras mi corazón, transformado
en tambor, golpea enloquecido.
Me enjuago en el lavabo del tentáculo izquierdo, y quedan sobre
él restos dentales mezclados con rojizos grumos. Castañean
los dientes en la inerte mandíbula.
Observando los instrumentos que entran en mi boca idiotizada, mi pulso
se dispara. Huele a carne quemada y, aunque he perdido el tacto de la
cara, intuyo que es mi carne.
Trato de no pensar en el dolor que no puedo sentir, pues recordar mis
dormidas defensas me llena de recelo.
“Imposible salvarla, hay que extraer”. Sentencia el doctor
que mueve el pulpo, enarbolando unas tenazas.
Quiero gritar, “¡no quiero!”, pero he perdido el habla...
Se resiste la muela a abandonar la encía y escucho, demudada, sus
crujidos. Me tiemblan las manos; y las piernas. Me tiembla todo el cuerpo.
Tras duro forcejeo, emerge triunfal la gran tenaza. Pero solo ha logrado
un trozo ensangrentado de la muela.
Lo miro hipnotizada mientras el cuerpo se me queda helado. Percibo, sin
embargo, un tenue calorcillo bajo las posaderas.
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