EL PULPO
(DEHSLAH,
Junio 2002)

18-08-2010

Cercada por los brazos de ese pulpo de acero, siento calor y frío al mismo tiempo. El torno me rebana una muela mientras mi corazón, transformado en tambor, golpea enloquecido.

Me enjuago en el lavabo del tentáculo izquierdo, y quedan sobre él restos dentales mezclados con rojizos grumos. Castañean los dientes en la inerte mandíbula.

Observando los instrumentos que entran en mi boca idiotizada, mi pulso se dispara. Huele a carne quemada y, aunque he perdido el tacto de la cara, intuyo que es mi carne.

Trato de no pensar en el dolor que no puedo sentir, pues recordar mis dormidas defensas me llena de recelo.

“Imposible salvarla, hay que extraer”. Sentencia el doctor que mueve el pulpo, enarbolando unas tenazas.

Quiero gritar, “¡no quiero!”, pero he perdido el habla...

Se resiste la muela a abandonar la encía y escucho, demudada, sus crujidos. Me tiemblan las manos; y las piernas. Me tiembla todo el cuerpo.

Tras duro forcejeo, emerge triunfal la gran tenaza. Pero solo ha logrado un trozo ensangrentado de la muela.

Lo miro hipnotizada mientras el cuerpo se me queda helado. Percibo, sin embargo, un tenue calorcillo bajo las posaderas.