(31-08-08)
DEHSLAH
MONTAÑAS DE LA LUNA

MUJER DE ÉBANO

Muy lejos de su casa, en el macizo Ruwenzori, también llamado Montañas de la Luna, su cuerpo se ha quedado sobre la carretera de rojiza tierra. Tiene los ojos cerrados y sangra por un oído. A su alrededor silencio y miedo: ella está inmóvil.
"¿Cómo te llamas?" le pregunta el guía-conductor, desesperado sabiendo que la sombra de la muerte la rodea.
Ella no responde. No oye.
En la impresionante cordillera, que da fondo a la escena, destaca el pico Margarita, del monte Stanley, que con sus más de cinco mil metros es, después del Kilimanjaro, el tercero más alto de África. Hoy, como casi siempre, oculto por las nubes no se ve. Abajo: un todo terreno, fuera de combate tras el grave accidente, apunta a un cielo gris y negro, con sus torcidas ruedas.
Ella sigue sumida en ese sueño extraño que se la va llevando… Ya no está para cielos, montañas, cumbres, lunas o nieves. Ya no está para nada y para nadie.
El guía le da un tímido cachete en la cara, en un infructuoso intento de que vuelva con ellos. Asustada, Jos le increpa: "¡No muevas a mi prima, puedes matarla. Hay que pedir ayuda!"
¿Matar, a quien se halla en los umbrales de la muerte? ¿Ayuda? Con voz hecha a mandar, el guía-conductor le ordena que suba por el agreste puerto y que la busque. ¡Ayuda!, objetivo de excepción que le aleja de ese cuerpo tendido, sin razonar siquiera que no la va a encontrar.
Mientras, el conductor, ya libre de protestas, le da una bofetada y pregunta de nuevo: "¿Cuál es tu nombre?". Ella articula su nombre, arrastrando pensadamente cada una de las sílabas, en una voz y cadencia que aquellos que la quieren apenas reconocen.
Cedida la trágica tensión, Marga, hermana de Jos, se relaja y, diciendo: "¡mi pierna!", se desliza hacia el suelo hasta quedar sentada. Ya no se vuelve a levantar. No lo sabe pero tiene rota la cadera
Desierta carretera, de tierra mojada por la lluvia, apenas transitada. Sigue tendida con los ojos cerrados, mientras la ausencia de coches y el frío avance de la hora, juegan contra su vida. Por fin, tras un tiempo, que sabe a los presentes a infinito, llega una desvencijada camioneta de transportes que no lleva bultos, sino derrotados nativos apiñados que van a una plantación a trabajar. No cabe un alfiler pero se incrustan más los unos en los otros y hacen hueco.
Carmela, la entrañable amiga de fuerte contextura, apenas ayudada por el guía, la sube a la camioneta. A continuación sube a la delgada Marga, y luego sube ella, le corre por la cara sangre que viene de una profunda herida en la cabeza.
Abajo quedan los que, estando mal, no están peor: El guía y conductor que, en puro "mea culpa", se mesa los cabellos; Jos que no siente su hombro, pero calla; y su prima Luisa, hermana de ella, que sí siente, y demasiado, su espalda y tampoco se queja.
La naciente esperanza se esfuma con la partida de la camioneta, y regresa el miedo: ¡En que condiciones se han marchado! ¿Se quedará alguna en el camino?
El tiempo sigue avanzando muy despacio…
Tras larga espera aparece un autocar de turistas alemanes. Transporte de lujo. ¡Y tienen botiquín! Les van curando mientras se desplazan hacía el hospital. Luisa, sintiendo la espalda que le arde pregunta una vez más qué es lo que tiene. Como en veces anteriores, quién mira pega un grito y dice con presteza: "Nada; nada".

Mientras, en la camioneta, ella sujeta fuertemente su cuello con las manos. Le duele igual o más que la cadera (rota, como la de su prima). A su lado, una mujer negra, que lleva entre sus brazos un niño muy pequeño, descubre su gesto de dolor. Sujeta a su hijo con un único brazo y el otro se lo entrega.
Ahora, un arco firme y suave, de ébano, rodea su cuello y lo soporta. El niño, su cara frente a la de ella, la mira con sus grandes ojos de antracita sorprendidos por esa piel descolorida. Sin embargo, no protesta por compartir su madre; pues está en el talante de los desposeídos: Cuanto menos se tiene, más se da.

Ella siente muy cerca la abnegación y cariño de su propia madre en el calor de esa mujer que la atiende con ternura. ¡Dulce refugio!, que le insufla un hálito de vida: Abre por fin los ojos. Contempla el rostro de su nuevo "hermano" y le sonríe débilmente. Vuelve a cerrar los ojos.
La mirada de la madre es grave, quizá intuye lo que ya ha visto tantas veces: Ninguna rotura recibe tratamiento. Naturaleza es el único doctor, los fuertes sobreviven y los débiles mueren. Mira la piel clara de ella y da un suspiro: Pobre mujer blanca, va a morir…