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Embellece
la luz los ojos del monstruo
que nos malinterpreta.
Sus huellas
se dejan ver, anómalas,
sobre la arena de oro
de esta playa con mar de mercurio.
Ausente la
respiración, viendo sin los ojos,
la fiebre quema la alucinación
con episodios que desembocan
en el vacío blanco,
ensordecedor silencio anterior
a todas las albas y a todos los ciclos.
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