EL CAPITÁN ALATRISTE
Arturo Pérez Reverte

Saltaba a la vista que el italiano disfrutaba de lo lindo. Podía haber rematado varias veces al herido, pero se complacía en asediarlo con falsas estocadas y fintas, cual si encontrase placer en demorar el golpe definitivo y mortal. Parecía un gato negro y flaco jugando con el ratón antes de zampárselo. A sus pies, rodilla en tierra y hombro contra la pared, una mano taponándose la cuchillada que sangraba a través de la ropilla, el inglés más joven se batía con desmayo, parando a duras penas los ataques del adversario. No pedía clemencia, sino que su rostro, mortalmente pálido, mostraba una digna decisión, apretadas las mandíbulas, resuelto a morir sin proferir una exclamación, o una queja.
-¡Dejadlo!- le gritó Alatriste al italiano. Entre dos estocadas al inglés, éste miró al capitán, sorprendido de ver junto a él al otro inglés, desarmado y todavía en pie. Dudó un instante, volvió a mirar a su adversario, le lanzó una nueva estocada sin excesiva convicción y miró de nuevo al capitán.
-¿Bromeáis?-dijo, dando un paso atrás para tomar aliento, mientras hacía zumbar la espada con dos tajos en el aire, a diestra y siniestra.
-Dejadlo- insistió Alatriste.
El italiano se lo quedó mirando de hito en hito, sin dar crédito a lo que acababa de oír. A la luz macilenta del farol, su rostro devastado por la viruela parecía una superficie lunar. El bigote negro se torció en siniestra sonrisa sobre los dientes blanquísimos.
-No jodáis- dijo al fin.
Alatriste dio un paso hacia él, y el italiano miró la espada que tenía en la mano. Desde el suelo, incapaces de comprender lo que ocurría, los ojos del joven herido iban de uno al otro, aturdidos.
-Esto no está claro -apuntó el capitán-. Nada claro. Así que ya los materemos otro día.
El otro seguía mirándolo fjamente. La sonrisa se hizo más intensa e incrédula y de pronto cesó de golpe. Movía la cabeza.
-Estáis locos- dijo. Esto puede costarnos el cuello
-Asumo la responsabilidad.
-Ya.
Parecía reflexionar el italiano. De pronto, con la rapidez de un relámpago, le largó al inglés que estaba en el suelo una estocada tan fulminante que, de no haber interpuesto Alatriste su acero, habría clavado al joven contra la pared. Se revolvió el adversario con un juramento, y esta vez fue el propio Alatriste quien hubo de recurrir a su instinto de esgrimidor y a toda su destreza para esquivar la segunda estocada, distante sólo dos pulgadas de alcanzarlo en el corazón, que el italiano le dirigió con las más aviesas intenciones del mundo.
-¡Ya nos veremos!- gritó el espadachín- ¡Por ahí!
Y apagando el farol de una patada echó a correr,
desapareciendo en la oscuridad de la calle, de nuevo sombra
entre las sombras. Y su risa sonó al cabo de un instante,
lejana, como el peor de los augurios