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LEÓN
EL AFRICANO
No lejos de Sefrú, la caravana tomó el puerto por donde pasa el camino de Numidia. Dos días después, estábamos en pleno bosque, cerca de las ruinas de una ciudad antigua llamada Ain el-Asnam, el Manantial de los Ídolos. Había allí un templo donde hombres y mujeres solían reunirse al atardecer, en cierta época del año. Una vez cumplidos los sacrificios rituales, apagaban las luces y cada cual hacía uso de la mujer que el azar le había puesto al lado. Pasaban así toda la noche y, por la mañana, se les recordaba que, durante el año, ninguna de las mujeres presentes tenía derecho a acercarse a su marido. A los niños que nacían durante ese lapso de tiempo, los criaban los sacerdotes del templo. Este quedó destruido, así como la ciudad entera, durante la conquista musulmana; pero el nombre ha sobrevivido, testigo único de aquella sociedad ignorante. Dos días después pasamos cerca de una aldea de montaña rebosante de vestigios antiguos. La llaman "Los Cien Pozos", porque en sus proximidades hay pozos de tal profundidad que diríanse grutas. Cuentan que uno de ellos tiene varios pisos en cuyo interior hay salas tapiadas, unas grandes y otras pequeñas, pero todas con la misma disposición. Por eso, los buscadores de tesoros vienen ex profeso desde Fez para bajar, con ayuda de cuerdas y provistos de faroles. Muchos no vuelven a salir jamás. Una semana después de salir de Fez, atravesamos una localidad llamada Un Yunaiba, donde subsiste una extraña costumbre: hay un río, que bordean las caravanas, y dicen que ningún hombre que pase por ahí debe avanzar si no es bailando y dando saltos y que, si no lo hace, contraerá las fiebres cuartanas. Todo nuestro grupo se puso a ello alegremente, hasta yo, hasta los guardias, hasta los obesos mercaderes, movidos por juego unos, por superstición otros, otros por evitar las picaduras de los insectos, con excepción de mi tío, a quien le pareció que su dignidad de embajador le prohibía esa clase de chiquillada. Había que lamentarlo cruelmente. Estábamos ya en las altas montañas, donde sopla, incluso en otoño, un viento del norte glacial e imprevisible. No esperaba hallar, en lugares ten elevados y de clima tan rudo, gente tan bien vestida y, sobre todo, tan instruída. Hay, en particular, en una de las montañas más frías una tribu llamada Mestasa cuya principal actividad consiste en copiar, con la mejor letra, gran número de libros y venderlos en el Magreb y en otros lugares. Un viejo mercader genovés residente en Fez, el señor Tommaso de Marino, que se había unido a nuestra caravana y con el cual tuve frecuentes conversaciones, compró en una sola aldea un centenar de libros de ésos, admirablemente caligrafiados y encuadernados en cuero. Me explicó que los ulemas y los altos personajes del país de los negros compraban muchos y que se trataba de un comercio muy lucrativo. |