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POEMAS
SOCIALES, DE GUERRA Y MUERTE
Miguel Hernandez
Hablemos
del trabajo, del amor sobre todo,
donde la telaraña y el alacrán no habitan.
Hoy quiero abandonarme tratando .con vosostros
de la buena semilla de la tierra.
Dejemos el
museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.
Quitémonos
el pavo real y suficiente,
la palabra con toga, la pantera de acechos.
Vamos a hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos la solemnidad.
Así:
sin esa barba postiza, ni esa cita
que la insolencia pone bajo nuestra nariz,
hablaremos unidos, comprendidos, sentados,
de las cosas del mundo frente al hombre.
Así
descenderemos de nuestro pedestal,
de nuestra pobre estatua. y a cantar entraremos
a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,
sin el brillo del lente polvoriento.
Ahí
está Federico: sentémonos al pie
de su herida, debajo del chorro asesinado,
que quiero contener como si fuera mío,
y salta, y no se acalla entre las fuentes.
Siempre fuimos
nosotros sembradores de sangre.
por eso nos sentimos semejantes del trigo.
No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,
y la familia del enamorado.
Siendo de
esa familia, somos la sal del aire.
Tan sensibles al clima como la misma sal,
una racha de otoño nos deja moribundos
sobre la huella de los sepultados.
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