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TATUAJE
La muchacha dorada se había zambullido desde el patín y el hombre aceitunado y calvo braceó enérgicamente para acercársele, presenciar su vuelta a la superficie, sorprender el brillo de la carne húmeda salpicada de agua y sol. Rabiaba la claridad del mediodía. El hombre aceitunado y calvo recuperó la vertical, comprobó que apenas le cubría el agua y trató de localizar a su familia sobre la arena. Una mujer cúbica lavaba enérgicamente a un niño. Prosiguió la cacería visual impunemente, volviendo el rostro hacia el lugar donde había dejado a la muchacha dorada y la vio nadar de espaldas, en dirección contraria al permanente patín, apenas movido por un mar calmo. Fue entonces cuando vio el cuerpo flotando sobre las aguas, convertido en un tope mutuo con el patín. Sin duda un acompañante de la muchacha dorada, hasta ahora inadvertido. Pero nada le impedía seguir contemplándola. Nadie podía prohibirle mirarla, llenarse la retina de aquella carne justa, vivificada por la sal y la restallante claridad. Repartió su mirada entre la muchacha que trazaba caprichosas, discontinuas carreras sobre el agua y el cuerpo inerte que seguía flotando, obstinadamente adherido al varado patín. Poco a poco fue aceptando la idea de que era una postura excesivamente insistente y contraria a las leyes de la respiración. Pero hay quien aguanta mucho, se dijo, y no voy a hacer el papanatas dando la voz de alarma para que luego salga el tío tan fresco y la chica se me ría en la cara. La muchacha volvía con el crowl fácil, como a través de un carril previamente trazado sobre el mar. Se detuvo a un metro del patín y contempló recelosa, sorprendida después, la insistencia del cuerpo sin otro movimiento que el que le daba el suave vaivén de las aguas. La muchacha hizo girar su mirada en busca de algún acompañante y sus ojos se detuvieron en el hombre calvo y aceitunado que contemplaba la escena a unos veinte metros. Ratificada por la compañía, se acercó al cuerpo. Después le tocó con la mano, y el extraño nadador se apartó del patín con la obediencia de un muerto. La muchacha se volvió hacia el mirón y gritó en una lengua extraña. El hombre no esperó más. Procuró practicar una natación rápida y correcta para llegar pronto y bien, según exigía tan expléndida muchacha. La evidencia del cuerpo exánime se impuso a la degustación de la mujer. El hombre calvo y aceitunado empujó el cuerpo hasta llegar a una zona donde tocaba fondo y, una vez allí, tiró de él, seguido por la muchacha que no dejaba de gritar. Las voces abrieron túneles de expectación entre el gentío que nadaba y el que destilaba o secaba sudor sobre la arena. Varios nadadores intentaron disputar al hombre calvo y aceitunado el papel de protagonista del suceso. Pero él conservaba su trofeo con un brazo pasado bajo los sobacos del muerto. Al llegar a la orilla sacaron el cuerpo entre cuatro. El hombre calvo y aceitunado dirigía las operaciones. El cuerpo fue transportado boca abajo, tal como había sido recuperado de las aguas. Sólo llevaba un slip, era joven y rubio, tostado por el sol. Los cuatro portadores lo volvieron boca arriba al dejarlo sobre la arena. Un grito de horror amplió el círculo delimitado por la semidesnuda multitud. No tenía rostro. Los peces se habían comido las mejillas y los ojos. Le dieron la vuelta. Fue entonces cuando un muchachito advirtió que algo podía leerse sobre la piel de la espalda. Una mano apartó los granos de arena mojada. Alguien leyó en voz alta la leyenda tatuada sobre una paletilla: HE NACIDO PARA REVOLUCIONAR EL INFIERNO. |